sábado, 2 de abril de 2011

El Príncipe de Gales.

El Príncipe de Gales
"treinta huevos, diez pesos"
tiene la nariz roja de cerveza
o de hartura,
el pelo colorado y un tatuaje
en el brazo dormido.
Por eso, lo llamamos
El Príncipe de Gales:
su enorme parecido
con el real tocayo que vive en un palacio
asombra al transeúnte.
Por la mañana pasa
con su grito atorrante:
"treinta huevos, diez pesos",
porque anuncia los huevos con furgón y parlantes.
Unos huevos caseros que alimentan familias
y abastecen el hambre
de los barrios humildes
y los barrios privados.

¡Qué huevos esos huevos,
amarillos y blancos,
maná de los corderos
del Príncipe de Gales!

El Príncipe de Gales
nos sonríe sin dientes,
envuelve, cobra y vende
"treinta huevos, diez pesos",
con su porte inefable.
El Príncipe de Gales
domina continentes,
planifica las guerras con su falda elegante
y se ríe con nobles implantes y ortodoncia.

El Príncipe de Gales
se gana su sustento con imperial recaudo:
nieve, llueva o truene,
"treinta huevos, diez pesos"
treinta veces comidos
con una libra y media de esterlinas sin fondos
al Sur desheredado del Príncipe de Gales.

El Príncipe de Gales
no comprende de cuentas,
no sabe Economía,
los bancos no le prestan, pues no los necesita.
El Príncipe de Gales,
el otro, el argentino,
no comprende de cuentos
ni sabe Economía,
los bancos no le prestan, pues no lo necesitan.
El Príncipe de Gales,
changarín, buscavidas,
ofrece huevos grandes
a cuatro la docena.

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