sábado, 29 de octubre de 2011

Anónimos

Los mejores poemas son anónimos.


Las mejores ideas son anónimas.

Las mejores personas son anónimas.

Anónimo es el nombre de Dios Padre.



Lo anónimo no es lo innominado

Ni siquiera

es lo que falta por nombrarse.

Lo anónimo es el pueblo y su mansalva:

la herencia de una raza poderosa

que supo distinguir pimpollo y rosa

sin ver y sin ser visto entre las pulgas.

Porque nada

es lo puede ser pasado

si el tiempo es quien transforma la materia

y la rueda el motor de largo alcance

que quiso arar la tierra con su fuerza,

con su apodo de diosa femenina.



Rueda que rueda la rueda, la rueda


redonda del ferrocarril.



Anónimos son miles de millones,

que pasan, pasarán y habrán pasado

en juegos de palabras,

cultos, cuerdos, audaces, inocentes,

locos por descorchar el vino añejo,

dejando su migaja entre las huellas,

malgastando fortunas en sepulcros,

a la vista de un Sol que se enrojece

de saber que no aprenden los notables

con nombre y apellido en bibliotecas

en busca de una gloria

fugaz y pasajera.

Anónimo es el nombre de la primera madre

y la última nodriza.

jueves, 27 de octubre de 2011

Pesadumbre: El gato negro

Si yo antes de nacer fui un gato negro
y después de parir: un pez espada;
si nadie me salvó del cataclismo
en el puerto del mar de mi suicidio;
si el viento pudo ser lo que sería
y el rayo torbellino del desierto
eléctrico y fatal de mi presencia,
pues Plauto supo ver al lobo oculto
en la fiereza humana de los muertos.


Si cenizas volcánicas propalan
la fruición de herejía donde yazgo;
si las furias son mástiles ingrávidos
y el dogma fiel espectro de los tiempos;
si la Tierra es la cuna del extraño
que llega de otros mundos
y nadie reconoce una batalla
en la ardua desmesura del silencio.
si heraldo y mensajero se confunden.


Si nadie toca el timbre de tu tacto
si espesa es la tragedia del viajero
y nunca se acobarda el sentimiento,
si vuelvo, si no voy, si habré llegado,
si pierdo, si no estoy, si me han marcado,
la propia humanidad
del alma recogida
en la pátina cérea y desmembrada
-que acaba como el sol echando chispas-
es una sensación inveterada
en donde la intuición se vuelve mecha
de cierta inteligencia, que exacerban
-en superlativo grado, vena u horizonte-

la mentira, el amor, la complacencia,
y no acierta al horror de su cesura
al corte del cuchillo que amenaza
la incierta  percepción del infortunio.


Si no entienden mi verso, si lo alaban,
si el cristal no es tan frágil ni tan ciego,
si finjo, si ofendí, si hube pecado,
si la magia es la ciencia de los pobres
y el capricho perturba en las mañanas,
encuéntrenme en la paz de la corteza
del árbol que da caldo con su savia,
del hielo que desgarra cordilleras,
de el luctuoso llanto y la esmeralda

que pagué como súbdita al prelado
y en este testamento se legisla,
para acierto y pasión de mi denuncia
contra la inútil vida que tenemos
contra la inútil muerte que gozamos.

domingo, 16 de octubre de 2011

No. No son poetas.







domingo 3 de mayo de 2009






No. No son poetas.














No. No son poetas,


son gerentes del negocio,


ejecutivos de cama mullida


y de colchón duro.


Funcionarios del jerarca.


Funcionales.


Huelen rancios como zorrinos


y ensucian el lecho del mar


con su polvo de arenas movedizas


de aspecto populista.






Son toreros,


matadores,


tullidos y cornudos satanases


ávidos de sangre ajena,


a la sombra de una piel a contraluz


de celosías entreabiertas.






Espías del contubernio viril


de la hembra incólume


al predestinado silencio,


sodomizados por el poder aberrante


bajo el paraguas del "hamás" de los jamases,


posible o improbable.






Los héroes saben


que no hay mañana en el desierto,


pero actúan como si cada nuevo día


rompiera la aurora desde su somnolencia


regalando un rayito de sol


tras la rendija de la puerta agrisada.






No son poetas, me repito.


La rareza los destempla y acobarda.


Sus turbulencias eligen adjetivo,


doctrinarias de la elegancia funesta,


sin verdad e las entrañas,


con apatía resignada.






La Palabra cambia el mundo;


ellos la dominan por oficio


mas no la adoran ni la honran.


Su dandismo infinito e inexpresable






no viaja en tren, viaja en avión,


no necesita a nadie, a nadie alrededor...


Soberbia untuosa de impenitentes genios


de la escucha absoluta del hilo musical


y el oído nulo o desahuciado.










"Alineados a la izquierda del soberano


se hallan los oficiales del orden civil,


a su derecha todo el orden militar",


embestía Bukowski


en Pompas y solemnidades.






Y en el centro presente del mandala


una víctima de la arbitrariedad:


la Tercera Posición,


femenina y sutil,


estratégica y noblemente iluminista.


La que se conduele del semejante,


la que busca el justo medio peripatético


y prende semáforo rojo de advertencia.






-¡Alto!, improvisadas caricaturas de la decadencia,


de Comandante de los Pueblos a Generala servida.






-Por aquí, Atila y sus tarpanes belicosos


no pastarán nuestras tierras.


La hierba está en cuarto creciente.


La luna, llena.



Lu

miércoles, 12 de octubre de 2011

Escribo y amo

ESCRIBO Y AMO.



¿Amo porque escribo
o escribo porque amo?
A veces, amo
pero no escribo
y otras veces,
escribo,
pero no amo,
aunque siempre,
escribo para amar,
escribo para ser amada.
Amo para ser escritura
del desaire del desamor,
que se contagia
escribidor escribiente
escribido
cuando se ama
aunque no se escriba.
Porque escribir hasta amar
es menos posible
y amar hasta escribir
mucho más tolerable
y menos escritorio.
Más fiable.
Amar no es escribir.
Un trivium que nunca
lo será
cuando empezamos a desamar
aquello que hemos escrito,
a destruirlo,
a dejarlo fluir
en tósigo de dudas.
A alguno este poema
le parecerá un vulgar
juego,
juego de palabras
y eso,
lector en la vigilia,
amante centinela,
escucha del silencio,
es porque no puede amar,
o no puede escribir
o ambas asimetrías a la vez,
es decir,
ninguna.
¡Qué más nos da!

miércoles, 5 de octubre de 2011

La guerra: pasión de multitudes




La guerra: pasión de multitudes.






Hay personas que dicen

que mi poesía es desmedida y sencilla,

que debiera seguir con hermetismo

el verso breve,

el silencio oscuro,

la fuga de vocales sugerida.

Otros piden a gritos

la monótona castañuela de la prosa,

el barco a la deriva,

las noches de San Juan,

(piden pan, no les dan…),



piden ripio, la rima consonante,

la eternidad en un cuaderno con espirales.

Bastantes almas hay que dicen

que escribo muy difícil,

que no comprenden las imágenes,

que para qué usar tal o cual palabra

ininteligible, ambigua, confusa,

que afloje con la frula y la retórica.


Las metáforas se les escapan de los dedos,

y me advierten que si insisto en mi imprudencia,

dejarán de leerme,

y no podré vivir del oficio de poeta.


Como si pudiera vivir de él o sin él.


Multitud de gente, también

me acusa de ser un triste moscardón incrédulo,

una ría nigromante,

un obstáculo en el margen de costas litorales;

una fan obsesiva y enfermiza,

me inculpan

de vivir de refilón repartiendo collejas

(Dios sabrá qué significa eso).


Varios aprietan el detonador enquistado

de la tediosa revolución

que vende humo y soborna las pasiones

con sangre de cayena:

braman su lucha a la resistencia del amor,

se escandalizan por nuestra paz perseverante.



Algunas veces,

me han escrito cartitas más bellas que mis letras:

“La lluvia empieza cuando callan tus labios”

“Te debo lo que soy, señora mía”.

”Tu lista de adjetivos me duele a la distancia”


Perforan mi conciencia sus frases trepidantes.

Me enternecen y olvido lo maldito de mi obra.

el castigo que intento con furia a los cobardes,

la lanza abigarrada y descontenta

que horade el corazón con sus demonios

y me siento después, decepcionada y dolida,

como si fuera la joven que para cambiar el mundo

cambia de celular

y compra camisetas del Che

en la feria artesanal de Villa Gesell,

fumando un porro y dando asco.



Entonces, me obligo a recordar

que mi intelectualidad me asfixia,

como diagnosticó un crítico de arte,

experto en descolar filípicas,

de los muchos que dialogan con el viento

en un medio prestigioso,

-como gustan llamar a sus tribunas,

escaleras de la camorra

y pactos pestilentes-;

esos tipos que aclaran la garganta,


se excitan y sentencian que circulo

en bicicleta de una rueda,

con la ilusión de estar viajando en limousine,

con un champagne francés bajo el corpiño.


Ignoran que los dragones me acechan

y que hambrientos rodean mi castillo,

echando fuego por la boca.

Soy incapaz de andar por los edenes

del jardín de las delicias

deshojando margaritas.

Incapaz de mentir que me gustan los paisajes

con pulcras descripciones.

Incapaz de subirme a las nubes desterradas.

Nula en el arte de hacer pasar gato por liebre.

Les guste o no les guste,

la tragicomedia es esta:

Con el desdén de los fracasados

y la impotencia de los desposeídos,

siento orgullo de mi afonía en la niebla.




Para pelear hacen falta dos,

pero conmigo no cuenten.













La guerra: pasión de multitudes.




Hay personas que dicen

que mi poesía es desmedida y sencilla,

que debiera seguir con hermetismo,

el verso breve,

el silencio oscuro,

la fuga de vocales sugerida.

Otros piden a gritos

la monótona castañuela de la prosa,

el barco a la deriva,

las noches de San Juan,

(piden pan, no les dan…),




piden ripio, la rima consonante,

la eternidad en un cuaderno con espirales.

Bastantes almas hay que dicen

que escribo muy difícil,

que no comprenden las imágenes,

que para qué usar tal o cual palabra

ininteligible, ambigua, confusa,

que afloje con la frula y la retórica.

Las metáforas se les escapan de los dedos,

y me advierten que si insisto en mi imprudencia,

dejarán de leerme,

y no podré vivir del oficio de poeta.

Como si pudiera vivir de él o sin él.

Multitud de gente, también

me acusa de ser un triste moscardón incrédulo,

una ría nigromante,

un obstáculo en el margen de costas litorales;

una fan obsesiva y enfermiza,

me inculpan

de vivir de refilón repartiendo collejas

(Dios sabrá qué significa eso).

Varios aprietan el detonador enquistado

de la tediosa revolución

que vende humo y soborna las pasiones

con sangre de cayena:

braman su lucha a la resistencia del amor,

se escandalizan por nuestra paz perseverante.




Algunas veces,

me han escrito cartitas más bellas que mis letras:

“La lluvia empieza cuando callan tus labios”

“Te debo lo que soy, señora mía”.

”Tu lista de adjetivos me duele a la distancia”

Perforan mi conciencia sus frases trepidantes.

Me enternecen y olvido lo maldito de mi obra.

el castigo que intento con furia a los cobardes,

la lanza abigarrada y descontenta

que horade el corazón con sus demonios

y me siento después, decepcionada y dolida,

como si fuera la joven que para cambiar el mundo

cambia de celular

y compra camisetas del Che

en la feria artesanal de Villa Gesell,

fumando un porro y dando asco.




Entonces, me obligo a recordar

que mi intelectualidad me abruma,

como diagnosticó un crítico de arte,

experto en descolar filípicas,

de los muchos que dialogan con el viento

en un medio prestigioso,

-como gustan llamar a sus tribunas,

escaleras de la camorra

y pactos pestilentes-

de esos tipos que aclaran la garganta,

se excitan y sentencian que circulo

en bicicleta de una rueda,

con la ilusión de estar viajando en limousine,

con un champagne francés bajo el corpiño.

Ignoran que los dragones me acechan

y que hambrientos rodean mi castillo,

echando fuego por la boca.

Soy incapaz de andar por los edenes

del jardín de las delicias

deshojando margaritas.

Incapaz de mentir que me gustan los paisajes

con pulcras descripciones.

Incapaz de subirme a las nubes desterradas.

Nula en el arte de hacer pasar gato por liebre.

Les guste o no les guste,

la tragicomedia es esta:

Con el desdén de los fracasados

y la impotencia de los desposeídos,

siento orgullo de mi afonía en la niebla.




Para pelear hacen falta dos,

pero conmigo no cuenten.