domingo, 30 de septiembre de 2012

La muerte descompaginada


La muerte descompaginada.


A Mario Vargas Llosa.

¿Quién pudiera tener el tupé infame
de enfrentar a los viles poderosos
para darles la mano en la distancia?
Solo la muerte descompaginada.
Sus ritos y tonsuras.
¿Quién osa presagiar lo inevitable?
La verdad como un vínculo de sangre.
Está el mundo entre cosas cardinales
rumiando en las orejas de los cuerdos
la nueva negación del andamiaje.
No encuentran ocasión los avatares
de ser su misma esencia sin legajo.
El cráneo está en la nuca del hermano,
la boca para el verbo repetido.
Los que nacen y crecen son los mismos
esclavos, de repente arrepentidos.
Les remuerde la historia y la hipertrofian
como el escarabajo que no llega
a ocultar sus conjuros desastrosos,
los tímidos, funestos guardabarros,
que niegan lo que saben por exceso.
La hora del dolor,
las tibias horas
del alba o el albor,
de la alborada,
sollozan con gargantas anhelantes.
El monstruo tiene miedo del fantasma,
la luna se recubre con banderas.

Hay un problema conmigo


HAY UN PROBLEMA CONMIGO

Verdaderamente, debo admitir
que hay un problema conmigo.
No sé bien cuál es, ni sé por qué.
Trato de dilucidar la cuestión
sin éxito y sin fracaso.
No existe una respuesta prematura.
Hay un problema conmigo.
Una molestia visible y embarazosa.
Mis amigos son corteses, pero me evaden.
Mis enemigos son infames, aunque me adulen.
Los lerdos me envidian.
Los extraños no me reconocen y crepitan.
Está todo bien, y de repente,
oigo el cuerno de De Vigny,
“En la tarde, desde el fondo del bosque”
y el cuerno se vuelve papel picado,
mascarada bajo la lluvia,
precio,
deprecio,
aprecio
superficial y agudo
queriendo advertirme que no hay retumbos
ni perversión ni desventura,
tan solo una existencia penosa
en la que hay un problema conmigo.
Los candados no cierran a la hora indicada
y la celda que ocupo se torna pegajosa.
Los relojes aparentan atrasar en su rauda carrera.
El teléfono suena como una alarma seca
y los grilletes de los regimientos
parlamentan desde una distante verbosidad
armoniosa, profunda, enajenada,
como si fuera yo un rey sabio o una idiota rimbombante.
Nadie es natural, naturalmente,
con los viejos desdichados ni con las eminencias.
La atmósfera se ha enrarecido
con lecciones de gramática
en quemadores de alcohol,
y ventas al menudeo
de abundantes autores de poemas,
de estética consagrada
hasta la desesperación.
Odio los timbres, las locomotoras,
los discursos presidenciales
en cadena nacional
y los premios arreglados.
Odio el temblor de los enfermos
y la felicidad de los ingenuos.
Hay un problema conmigo:
un caballero me ama sorda,
inconsolablemente.
Va soltando pétalos en un valle de cristal
igual que un águila herida,
desangrándose
semejante a un trapero de pasiones.
Mi indiferencia lo abate y entristece.
Nada puedo hacer.
Porque no sé si les dije:
Hay un problema insoluble conmigo.
Hay un vacío que no admito subsidiar.
En la soledad aguanto y discurro.
Hay una sombra
que se persigna irreverente ante mi cuerpo
con las alas rotas y la lengua balbuciente
de los neuróticos convulsos.
Hay un pedido de auxilio evanescente
que parte mi cabeza en cuatro,
cada dos por tres,
cuando el hombre de los mil pétalos
me bautiza y me reclama
y no estoy para él
puesto que exige mi manumisión.
Hay un problema conmigo.
Hay un problema
que no muestra pretexto ni escapatoria.
Hay un problema conmigo.

Lucía Folino.
(8-09-12)

Te rodea el amor


Te rodea el amor:
en la distancia vuelve esa sonata,
no hay siempre sin jamás
ni nunca sin ahora
y al fin el verbo gana la jugada.

Motivo de mi vida,
endeble signo en nave que naufraga,
tu aliento está presente
en hábito y en rama,
beldad acariciando mariposas.

Capitán, trovador.
Historia de ángel gris acostumbrado
a furias sin el ruido
que Faulkner reclamara:
son tus versos vapor, fuego y escarcha.

Al lado de tu cuerpo,
la marea violenta ha sido calma.
No hagamos aspavientos
en noches recortadas
con cuchilla censora en la estocada.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Aves de primavera


AVES DE PRIMAVERA.


Nunca  vi una uralita.
No  distingo un zorzal de una calandria.
Se nos ha metido septiembre por la ventana
ansioso de retoños y  de lírica
como amarga estampilla despreciable.
Dicen que hubo palomas en la plaza
tan gordas y  tan odiosas
que era mejor perderlas que encontrarlas.
Mejor si decimos  torcazas.
Las reconozco por deserción y por lujuria,
por sus dentaduras de oro,
y  ser extrañas formas  de caminos de  dios.
Para palomas,  las de maíz,
hurgando coreadas revoluciones fílmicas.
Para  versos, el  eco sibilino
 de su nombre de pila,
su  abrazo manifiesto de perro de hortelano
el retintín en la  garganta,
la  fresca resonancia desde lejos,
las letras que no trazaré
sobre este papelucho  satinado
que configuré  sobre la pantalla
de mi computadora  fiel
como una estaca para el náufrago,
y  arrancaré del pecho,
cuando termine esta elegía
y  oprima  el No guardar
en la memoria. 

martes, 4 de septiembre de 2012

Pecados