jueves, 28 de marzo de 2013

Eva en el Paraíso


                                                               




Eva en el paraíso.


Abrió los ojos.
Degolló al carnero redomado,
como en un ejercicio cotidiano.
Fue  la hija del Titán.
La antagonista.
Fue  Musa y Venus,
diablo endemoniado.
Caminó sobre el mar con libido de sirena,
donó su vientre
a cambio de  un futuro prodigioso.
Amó con el espíritu en la carne.
Un puñado de hojas mustias reverdece
en las manos de vírgenes sinceras.
¿Qué puede adivinar el gato de Schrödinger
que el mes de junio no intuyera  de antemano?
¿Qué hay dos rumbos posibles?
¿Nacer-Morir?
¿Resucitar en niebla de Mesías?
Aquí habita nuestro invierno 
y lejos el verano
es un anacronismo conocido,
con fatal desenlace para ambos.
Los planos son curvados en  el cielo,
en razón de la senda obligatoria.
En el infinito, las  paralelas se cortan
y nadie sabe si es verdad la Ciencia.
Las mojigatas flores silvestres se desnudan
en las playas desiertas o con grutas,
y se visten con pieles de cordero
los lobos furibundos
si las piedras adánicas husmean.
Ha nacido mujer  de una costilla
del unívoco efebo de los sueños,
que fuera Hecho de Tierra
con un soplo
de música silbada por  estrellas.
En este manuscrito,
con sus versos gastados de epopeya
y vicios de sintaxis por la afasia
de una ausencia precoz,
hay algo de invisible a los oídos
de aquellos  que conspiran con visera.
El estampido de un cañón avisa
su eterna persistencia de enemigo.
Es una guerra.
La fértil  emisaria absorbe toda culpa
como madre de un  hijo caprichoso.
No encuentra una manzana sino un mundo
por salvar de sus fuegos y avalanchas,
morteros, avatares  y renuencias,
en el oasis donde se ha esculpido
-díganlo de una vez y hasta el cansancio-
una diva emergida de las aguas
víctima de una destinación que la acorrala;
con paciencia de planta,
igual que un eucalipto originario,
con poderes balsámicos.
Su flora               
se desflora entre los dedos
en una antigüedad  ingrávida,
levemente  remota.
La tortuga es un símbolo de hembra,
la marina y terrestre criatura.
La tortuga se ajusta a un nuevo péndulo,
esconde su cabeza
en un caparazón que la clausura
del caos que acontece;
y su huella es  tan lenta como el trance
en que Eva descubre su locura,
después de una vigilia milenaria.
Expectante y sumisa,
 recobra  y descalabra
 la oruga que la oprime.

No nos vengan con cuentos  de mascotas,
historias de monótonas historias.
El quelonio es Mujer como Dios mismo.
Punto de mira y de inflexión.
Su rictus. Su mandíbula.
Ímprobo obstáculo
que tuvo que sortear la Mitológica,
para ser aprehendida en nuevas redes
de espejos roncos con fácil oratoria,
sin dar un paso en falso,
destripada.

Por esta noche,
me quiero ir a dormir
al paraíso, sola, sin nadie alrededor
que balbucee
si el huevo o la gallina o lo contrario,
sin lenguajes que digan vaguedades,
refranes insolventes,
ni sombras de Verdad  indubitable,
hasta el Final del Juicio de los Tiempos,
como hizo  la tortuga
en el primer anclaje al parlamento,
depuesto  por  su espalda y su constancia,
para arribar, espera que te espera,
a naufragios veniales
que prefiguran y absuelven     
maltratos vejatorios y humillantes.
de fría e insolente reticencia.

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