domingo, 23 de marzo de 2014

Usted se reirá mucho, vecino

El faquir un día le preguntó ¿y cómo está la Morena?, y la palabra del experto en mujeres, lo pegó a mi falda de una chica al rojo in red. Alive. 
El huracán hizo el resto. 




Usted se reirá mucho, vecino, 
pero a mi se me hace un nudo en la garganta 
ni le cuento, vecino, 
a estas horas estará sonando tragicómico 
más que dramático, 
porque de verdad 
que una no sabe que decirle 
a la gente que acomete y pregunta 
si me falla el comedor; 
esa gente pseudo ingente, 
que resopla, que se oculta, 
que se entristona y tris tece 
por tanta soledad, 
tanta mentira 
de pueblo chico, infierno grande. 
Usted se reirá mucho, ya lo sé, 
vecino, 
porque entiende que no les da el cuero 
y agachan la cabeza 
y dicen que estoy loca 
y que tome la pastillita azul 
y patatín patatero. 
Estoy segura de que no ha querido 
saber esto, 
aunque si que habrá ansiado 
desternillarse conmigo, 
mucho la rima jadeante, 
la maja de antes del día después, 
la que cantaba en los bares canciones populares 
y tabulaba el Universo. 
Ay, vecino, si le mostrara las fotos, 
ay, si supiera que 
cuando se apagaba el ordenador, 
una orquesta sinfónica, afónica y esterofónica, 
tocaba Brahms y Piazzola, 
y yo sola; 
no faltaban citas a las citas 
del señor de las monsergas 
a ciegas de los gallitos 
de comisuras babosas, 
No me verá por un tiempo, 
vecino. 
Descréame. 

Sipi. 
Paparepecepe 
quepe mipi fapamapa 
llepegópo haspatapa 
apaquípi. 

Opolépeeeeee, pepe... 

Pepé pepé pepé, 
pepé pepé pepé... 
(con música de murga, 
amor en tacitas 
y santo y seña rodado en la arena).
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miércoles, 19 de marzo de 2014

La canción del abandonado



Canción de los amantes sin fe.




¿De qué sirve rogarte que me quieras?,

¿que adores lo que acaso te entregué?

Tenemos para amar la vida entera.

Cualquiera que los sepa será infiel.




Las cartas del dolor están echadas,

Dejame si querés, pero volvé.

La noche se decanta por lo incierto

No vale ser lo poco que tenés.

No me abruman los celos,

te lo juro.

Seguiré tomando el café expreso con fernet.

No hay nadie en este mundo, te aseguro,

que gane al desdeñar un tentempié.

Y sin embargo, a veces, me despisto.

Ya sé no tiene dueño el corazón

y cuando estás con otr@, te desvisto

y escribo, de un tirón, esta canción.

Estar contigo

es aplacar el ruido de la lluvia.

Estar contigo

es irritarse frente al televisor.

Estar contigo

partiéndonos las uñas,

rodando como un viejo rock and roll.

Andate pero volvé.

Volvé, volvé.

Dejame pero volvé

a este camino cruel de amor sin fe.




Andate pero volvé.

Volvé, volvé.

Y después de estar conmigo,

andate si querés.---

miércoles, 5 de marzo de 2014

El punto de fusión

El punto de fusión.



A Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges.





Cada poeta arropa un color.

Algunos son azules.

Azul su estandarte y el Ideal su Ley.

Otros, decididamente,

son negros.

Matizan algunos grises

en su fúnebre conglomerado

de versos oscuros.

Con muertes y obsesiones

se escriben las novelas policiales,

no se pintan buenos cuadros,

mi apreciado amigo.


Anverso y reverso del espectáculo

cristalino de un mundo caníbal.

Tácita reconducción

de la estética marea que sesga todo arte

y ordena

que si eres pintor no eres poeta,

o tal vez, lo contrario, vamos.


Retrocedo al lenguaje del color de la poesía.

No hace falta disimular la incertidumbre.

Empecinados bermellones rojos

son rojitos aguados de acuarela.

Y el resorte que los ajusta o los sujeta

flaquea en un misal

con panderetas del vellocino de Jason.


Podrías ya seguir alucinando

porque los hay,

poetas amarillos y parduscos,

(los poetas menores que amaba Borges

sin mentores por pormenores varios)

El mundo se reduce a explicarlos:


Y ahora que lo pienso bien…

Yo soy violeta insustancial

en mis sueños subconscientes.

Errática confesión de alojamiento

sin confirmación retórica,

todavía.



Solo sé que en el ultramar violeta

serpentea el camino con vehemencia.

Que violeta es el color de las vísperas.

Que tuve dos maravillosos vestidos en mi vida:

Uno,  lila atrevido

con el que conseguí mi primer empleo de abogada

y el otro violeta,

de trágica elegancia,

que estrené el día en que lo vi

con esa cualquiera en un bar

que frecuentábamos juntos

y sentí

por vez primera,

el antisigno inaugural

de una fuerza secreta y misteriosa.

Supe de inmediato

que aquel color de flores del teatro

difuminado entre unas baratijas,

sería el punto de fusión

entre la fantasía cautivada en los límites

del juego de luces y sombras

de mis tristezas

ingénitas o ambiguas,

y mi humilde realidad creativa

en la minúscula casita de rutinas literarias.
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