miércoles, 5 de marzo de 2014

El punto de fusión

El punto de fusión.



A Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges.





Cada poeta arropa un color.

Algunos son azules.

Azul su estandarte y el Ideal su Ley.

Otros, decididamente,

son negros.

Matizan algunos grises

en su fúnebre conglomerado

de versos oscuros.

Con muertes y obsesiones

se escriben las novelas policiales,

no se pintan buenos cuadros,

mi apreciado amigo.


Anverso y reverso del espectáculo

cristalino de un mundo caníbal.

Tácita reconducción

de la estética marea que sesga todo arte

y ordena

que si eres pintor no eres poeta,

o tal vez, lo contrario, vamos.


Retrocedo al lenguaje del color de la poesía.

No hace falta disimular la incertidumbre.

Empecinados bermellones rojos

son rojitos aguados de acuarela.

Y el resorte que los ajusta o los sujeta

flaquea en un misal

con panderetas del vellocino de Jason.


Podrías ya seguir alucinando

porque los hay,

poetas amarillos y parduscos,

(los poetas menores que amaba Borges

sin mentores por pormenores varios)

El mundo se reduce a explicarlos:


Y ahora que lo pienso bien…

Yo soy violeta insustancial

en mis sueños subconscientes.

Errática confesión de alojamiento

sin confirmación retórica,

todavía.



Solo sé que en el ultramar violeta

serpentea el camino con vehemencia.

Que violeta es el color de las vísperas.

Que tuve dos maravillosos vestidos en mi vida:

Uno,  lila atrevido

con el que conseguí mi primer empleo de abogada

y el otro violeta,

de trágica elegancia,

que estrené el día en que lo vi

con esa cualquiera en un bar

que frecuentábamos juntos

y sentí

por vez primera,

el antisigno inaugural

de una fuerza secreta y misteriosa.

Supe de inmediato

que aquel color de flores del teatro

difuminado entre unas baratijas,

sería el punto de fusión

entre la fantasía cautivada en los límites

del juego de luces y sombras

de mis tristezas

ingénitas o ambiguas,

y mi humilde realidad creativa

en la minúscula casita de rutinas literarias.
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