viernes, 25 de abril de 2014

Nieve y café

NIEVE Y CAFÉ. 

El día que nevó en Buenos Aires.






La eternidad de los copos que gruñen 
cabe en un ojo. 
La cabellera de Julio desgrana su caspa, 
en un tesoro de blanco vestido de encaje. 
Una fatiga crónica nos sorprende con el éxtasis 
de un firmamento roto, 
que hunde en sus casi ochenta años 
de música arrinconada en los oídos. 
Nuestros abuelos nos lo contaron 
para escucharse en el zumbido de la vibración. 
Nieva en Buenos Aires. 
El calendario está cumpliéndose ahora, 
impertérrito y helado. 
A su vez, lo contaremos, 
sin miriñaque ni minifalda. 
Alguien antes nos enseñó a mentir 
sin titubeos. 
Les diremos que fue histórico, 
que fue un presagio, 
les diremos que fue 
una bendición, 
una magia 
que patatín patatero. 
Haremos lo imposible para que nos crean 
que estuvimos felices y orgullosos, 
sin pedestal a cuestas, 
todavía en erupción. 
No nos esconderemos del cazador 
ni de la liebre desollada. 
Haremos frente a nuestros secretos acentos. 
Pondremos el pecho. 
para opinar todavía sobre corbatas, 
vitrinas, religiones, 
experimentos. 
Sobre el cambio climático 
nos limitaremos a sonreír, 
y nos tomaremos el último café, 
con gusto a tormenta inédita, 
con olor a tigre de porcelana, 
cortado, sin azúcar, 
hasta que caiga un relámpago 
o se evapore en sangre 
el colesterol.

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