martes, 27 de mayo de 2014

La máscara

LA MÁSCARA.


La máscara ha muerto, 
cayó asesinada por la vestal gloriosa;
el espectáculo de ensayos 
dejó su impronta sentida, 
en redes viñaderas. 

Hoy, en domingos de estadios repletos, 
el fútbol de nuestros perdidos amores 
no tiene espectador ni porrista;
el naipe del truco 
a vuelta de correo. 

¿Adivinar? 
Lo nuestro fue un viento azaroso, 
que nos sentenció 
al fenómeno de ciudades-sugestión, 
de playas con espinas, 
botellas de vidrio
arrojadas,
en la tenebrosidad
de durar lo que 
en el estío dura la lluvia 
de la melancolía. 

¿Que la certeza de tu permanencia 
me sorprende? 
No lo dudo. 
Pero, lo que parecía realmente inconcebible 
(si es que se dice así), 
es que dudaras de mí. 

De mi continuidad, 
de mis palabras fluyentes, 
de mis nervios olfativos,
como si 
me desalentara tu realidad
esquizofrénica.

Has sido más tonto que cien tontos 
(que la verdad no lastima lo mismo 
que la impiadosa mentira, 
lo hemos convenido en las últimas consecuencias).

Hay una hora ruidosa 
en que me pediste que huyera, 
que me fuera de aquí, como he venido. 
Vete, suplicaste. 
Tu voz sonaba claramente del otro lado del auricular 
y sin embargo, yo no quería aceptar la derrota. 
Evidente. 
Luego, me dijiste lo contrario. 
No te alejes de mi lado... 
con lágrimas detrás del portal. 

Como siempre serás un teorema para mi, 
el otro polo opuesto por mi vértice puntual, 
tan igual y matemáticamente correcto. 
Tan opuesto y tan apuesto. 
Apuesto que sí. 

Casi una sospecha, 
una intuición feliz, 
un susto, 
una verdad manipulada a mi antojo, 
una calle que se abría para siempre, 
una sensual historia de amor, 
una canción a dos voces, 
al alimón de sueños, 
una madrugada acompañada, 
un hotel con camas sentimentales, 
una pasión feroz o silvestre, 
un boato o una beata, 
aquel vestido lujoso al mediodía, 
una religión dogmática, 
una progresión geométrica, 
una perfección en red/ 
trapecio/ cuadrilátero/ triangular, 
algunas rayas, un punto a la distancia. 

Fuiste todo, fuiste más que todo, 
pero casi, 
desde el día en que dejamos de ser amantes 
para convertirnos en apenas 
dos números binarios 
y virtuales.

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