sábado, 16 de agosto de 2014

A la Sra. Muerte

Esta carta



Esta carta repleta de tristezas
la dejo en el umbral de tu esqueleto.
Respóndela en el paso de una nube
en volutas de humo o en mis córneas.
"Muchachos, me ha llegado esto" diles,
y búrlate a hurtadillas de los cursis.
No involucres a Dios en tus manías
de Reina de los Hados. Me avergüenza.
No te pido que emitas comentarios,
ni que apagues mi sed por tus palabras.
Simplemente que sepas que hay peligro
en el cielo de espasmo imaginario;
que hay alguien que te acecha en la espesura
de un orden sin poder ni redenciones.
Instantes que circulan por la red
de apócrifos poetas bizantinos
me mueven a escribir ciertos poemas
del pánico a la hora de la siesta.
He elegido para mí este rinconcito
sin luz pública, sin alas en la lengua,
modestia aparte, amor, yo te he elegido.
Siempre supe apreciar qué es la belleza,
oculta en listas o etiquetas negras.
Voy sumido en penumbras por mi cuarto
como último escolar sexagenario,
a punto de perder la fe en la vida
que no existe por fuera de mi mundo
la atroz idea de sentirte lejos.
Tú que has fotografiado mi escalera
con recetas de albura en las tertulias,
dirimes mis cuestiones de política
interna y arremetes
o enciendes mi pasión en perdigones.
Tú fundas el imperio de la espera
con esta negativa que me otorgas.
Destartalas mi inevitable angustia
con tus dedos deshechos por el fuego.
Tú estás acicalado en una tumba,
una cripta cualquiera en cementerios
que ocupan tanto espacio en los pasquines.
La muerte ha sido democratizada
por los hombres de negro.
Se mueren los amores y las novias;
se mueren los poetas y el olvido.



Otra forma de escribirla:



Esta carta
repleta de tristezas
la dejo en el umbral de tu esqueleto.
Respóndela
en el paso de una nube
en volutas de humo
o en mis córneas.

"Muchachos, me ha llegado esto"
diles,
y búrlate a hurtadillas de los cursis,
No involucres al Dios
en tus manías de Reina de los Hados.
Me avergüenza.

No te pido que emitas comentarios,
ni que apagues mi sed por tus palabras,
simplemente que sepas que hay peligro
en este ciclo de espasmo imaginario,
que hay alguien que te acecha en la espesura
de un orden sin poder ni redenciones.

Instantes que circulan por la red
de apócrifos poetas bizantinos
me mueven a escribir ciertos poemas
del pánico
a la hora de la siesta.

He elegido para mí este rinconcito
sin luz pública,
sin alas en la lengua,
modestia aparte, amor, yo te he elegido.
Siempre supe apreciar

qué es la belleza
oculta en listas o etiquetas negras,
ardiendo en las penumbras de mi cuarto
de último escolar sexagenario,
a punto de perder la fe en la vida
que no existe afuera del mundo
de la atroz idea de sentirte lejos.

Tú fotografías mis escaleras
con macetas de albahaca en las tertulias,
dirimes mis cuestiones de política interna
y arremetes
o enciendes mi pasión en perdigones.

Tú fundas el imperio de la espera,
con esta negativa que me otorgas.
Destartalas mi inevitable angustia
con tus dedos deshechos por el fuego.

Tú estás acicalada en una tumba,
una tumba cualquiera
en cementerios
que ocupan tanto espacio en los pasquines.
La muerte
ha sido democratizada
por los hombres de negro.

Se mueren los amores y las novias;
se mueren los poetas y el olvido.

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