martes, 12 de agosto de 2014

Misivas

MISIVAS.


De repente, 
empezó a mandarme 
cartas por e-mail.
El ejercicio del poder
que detentara sobre mí,
durante tantos meses,
sus complicidades indefensas,
provechos, ajetreos e indigencias,
sonidos y ventajas del sigilo
que se escucha en el terco mirador,
fueron la causa de esta depresión
que llaman crisis por no llamarla tristeza.
“No se puede ser tan ignorante
como para no saber quién soy “
me escribía.
Yo hacía como que ignoraba
su juego perverso y malévolo,
y remitía telegramas
a su domicilio postal
incógnito y anónimo,
siempre untuoso de virtudes vagas.
“Me importas más como espejo
que como olla popular”
bromeaba y borroneaba.
“Tremenda forma de seducir a los vampiros.
¿Quién te pueda hacer el soporte
para que no se adivine tu voz
sino yo mismo?”, apuntaba.
Hasta ahí todo está perfecto,
un chico guapísimo.
“¿Fumas, mujer de mi vida?
Ya estamos presentados y te quiero”,
recalcó.
“Abandoné la escuela antes de nacer”
mintió para complacencia de su ego.
Mis respuestas siempre eran idénticas:
“Deja de acosarme o te denunciaré a la policía.
Stop.”
Lo cuento ante miles de espectadores.
Sus misivas de amor inspiradísimas,
sensuales y argentinas,
se enrollaban en el papiro virtual
de los cables de una red inalámbrica.
“Me estás haciendo un lío
y no sé para qué hablo,
deja de fastidiar o me mato.
Mi ávida barriga deglute todo lo que encuentra
en el guion de la basura” gemía
y me sentí representada,
avergonzada,
como viene sucediendo hace 40 años o más
en los que mi leyenda fue acaso una novela
atesorada,
cincelada por el graznido del palmípedo.
El encanto del misterio
y la lucha por la supervivencia:
Adicciones eternas como el bingo, la comida y el trabajo.
Adicciones que siempre acaban mal.
Salvación que aprende todo lo que sospecha
porque no sabe con certeza
el día de la noche fatal y última.
Mi médico me dijo esta mañana
que soy hipersensible,
(enviar como un mensaje),
con un débil carácter en un mundo competitivo y voraz
que huele a mierda de cerdo
y pis de gato.
Quise decirle que lo amaba,
tal vez porque lo amaba.
“Y, por favor, no llores”,
O quizás que lo deseaba
si me deseaba,
que estuve reflexionando:
“Quiero hablar contigo,
en persona.
Escribir es complicado.
La impaciencia mata.
¿Puedo verte mañana?”
Mi propensión de respuesta
no pudo ser enviada
debido a que el usuario
Arzobispo del Garfio Envenenado,
informa el servidor,
está desconectado de la vida.

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