martes, 12 de agosto de 2014

Vanitas vanitatum

Vanitas vanitatum et omnia vanitas. 
Eclesiastés.



Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores
.
Antoine de Saint-Exupery




El círculo de las vanidades es el centro del anverso
en la hoguera funeraria de los tropos del poeta.
Los malditos de la Erate queremos punzar el miasma,
extirpar la moral profanada por el pánico y la lujuria
insensata e insolente,
en una vivisección rigurosa,
trepanar los cráneos
del perverso crimen organizado;
con escalpelo, gubia o ganzúa,
con las llaves del infierno,
con bigote en desuso,
con riñones en la mano,
con registros barítonos
ansiamos lo imposible.
Queremos horadar al sonámbulo,
al anestesiado,
al cínico,
entrar en sus cabezas hueras
si no corre sangre en las arterias
de esos seres despreciables del damero,
ayuntados en coitos frenéticos,
mezquinos de mezquindad absoluta,
obstinadamente taimados,
tacaños de espíritu por definición de sombra.

El círculo de las vanidades no es pequeño
se expande cada día en un universo
que no se expande,
que gira y gira alrededor de un sol
que desconoce,
que han llamado Big Bang, 
que gira y gira a su vez,
alrededor de otros soles
u otros universos
que también desconoce el dogma del ateo;
espacios de dioses eternos, que juzgan o que juegan
y nos donan una libertad que los avaros cantan
por gusto del dinero esclavista
pero son incapaces de sentirla.
Alguna vez sabrán, estas comadres inopinadas
si es que no mueren
persistiendo en sus errores,
qué significa la idea de la palabra Dios;
cual es la velocidad de la luz,
que –les voy tirando un dato-
es redonda y se mide en cálculos pitagóricos.
Ni con esa pista
adivinarán lo que quiero explicarles.
No se esfuercen.
No diré más.
Es inútil perder el tiempo,
que en la realidad no existe,
con los miriápodos
de cien pies enlodados, sin alas en las anclas,
Hay poetas afeminadamente premiados
que firman algunos versos
como propios,
pequeños poemitas robados al azar
de aquí o de allá,
con ánimo de lucro.
Van por ahí jactándose de ser artistas malditos,
revolucionarios encapuchados,
rompe huesos de las reglas
engalanados con trencitas de oro.
No son malditos por ese menester.
¡Qué bah!
Son benditos del sistema mercantil
que los apaña.
Hijos de la miseria que provocan
con su exquisita soberbia de elegidos.
Mancomunan
aplausos, medallas, abrazos,
y cobran mucho,
mucho,
lo que debiera darse gratis.
¿Es eso el Avangard de la vanguardia?
¿Es esa la mística religiosa, persuasiva
que escogen para ser insectos?
Atestado está el planeta de repetidores del Dante.
Es hora de dejar las antiguallas perezosas
y marchar hacia el
Res non verba.

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