domingo, 2 de noviembre de 2014

Conjeturas en una tarde de copiosa lluvia

Conjeturas en una tarde de copiosa lluvia


Suponiendo
que Van Gogh hubiera muerto
sin tener un hermano leguleyo
y una ambiciosa cuñada con contactos;
que los girasoles nos recordaran el campo
y no una tela bien pintada en otro siglo;
que Arlés y  Montmajour
estuvieran a la vuelta de mi calle
y fuera verano y puesta de sol
en  nuestro corazón de vacaciones.

Sospechando
que el recostado señor
entre valles de paja y azulinos,
a la hora de la siesta,
es mi vecino, el vago de la esquina
que no suele ducharse por las noches,
ni darse algún buen baño de sales
cada tanto,
y la mujer, su humilde servidora,
con un pañuelo blanco,
resignada a los vómitos y ausencias
vela por él,
apoyando en su pecho la cabeza.

Presintiendo
que la nostalgia no viste su apellido
y ha esquilado los nombres por completo
mientras vuelve a girar la rueca de un molino
y una vaca a lo lejos,
salpica sangre en crueles mataderos.

Conjeturemos
que la tierra y el cielo del dorado
pincel con que decoran los museos
es una brocha gorda y desgastada
que pinta las paredes de un hospicio
de un cuarto con goteras
en el Sur de Francia en el que me abismo.

Es cierto que
que no fumo, no tomo,
no consumo
sustancias permitidas ni prohibidas,
y subo a taxis y autobuses,
con la tibia rutina de escribiente
y estas tercas imágenes persiguen
mi día de planicies ordinarias.

Ser sobrio es un problema verdadero,
tonto emblema,
que aparenta negar la poesía,
el sexo sin motivo, las venganzas,
la pasión del amor desenfrenado,
las milicias de guerra,
los flamantes exilios interiores
que estila todo vate que se digne.

Cavilemos
por temor al silencio de la muerte,
que solo se mastica con palabras,
que tumbados ante el espejo
conocemos a Vincent y su obra.
El pobre anda quejoso de un oído,
le supuran las rabias,
los idilios truncados,
el violín que le zumba en la sordera
lleva años de húmedas estancias,
y nos sentamos ante sus pinturas,
atónitos y boquiabiertos,
como si fuera el séptimo día de la Creación
y no existieran críticos que bendijeron la tela
para subir el precio en el mercado de arte
que carece de mitos y los funda.

Admitamos
que podemos decirle “Me gusta”
desde adentro, como conocidos antiguos,
a través de una nube inalámbrica
y Van Gogh  nos sonriera con su vieja juventud que
no alcanza los cuarenta.
¿Sería nuestro cuerpo el instrumento
que haría tolerable la inquietud del deceso del artista?

No lo sé, pero pienso mucho en esto
porque desde que comencé a escribir este poema
no cesa de llover entre Sarandí y Crucecita,
por cada relámpago truena
y es un golpe mortal para las chapas
de casillas de barrios de emergencia,
asentamientos indisimulados
que son las cuerdas rotas de esta época
de frívolos orgullos
y promiscuas miserias detonadas.

El agua que ha caído, espesa y dolorosa,
me recuerda otros cuadros, otros tiempos,
en los que veíamos llover por los cristales,
abrazados en tibias contorsiones,
riéndonos del plan de los maestros,
fundiendo la saliva enamorada
y nada era importante
excepto el rozamiento de las pieles.

Olvidemos
que hoy nuestras señales
patinan en el piso endemoniado
y una lumbre de niebla lastimera
dilata  la distancia.
Suponer, olvidar, vivir, conjeturar,
cavilar, presentir,
resbalarse, perder, amar, morir:
los juegos que propone el alfabeto.




Otra versión



Supongamos


Supongamos
que Van Gogh hubiera muerto
sin tener un hermano leguleyo
y una ambiciosa cuñada con contactos.
Que los girasoles nos recordaran el campo
y no una tela bien pintada en otro siglo;
que Arlés y Montmajour
estuvieran a la vuelta de mi calle
y fuera verano y puesta de sol
en nuestro corazón de vacaciones.

Supongamos
que el recostado señor
entre valles de paja y azulinos,
a la hora de la siesta,
es mi vecino, el vago de la esquina
que no suele ducharse por las noches,
ni darse algún buen baño de sales
cada tanto,
y la mujer, su humilde servidora,
con un pañuelo blanco,
resignada a los vómitos y ausencias
vela por él,
apoyando en su pecho la cabeza.

Supongamos
que la nostalgia no viste su apellido
y ha olvidado los nombres por completo
mientras vuelve a girar la rueca de un molino
y una vaca a lo lejos,
salpica sangre en crueles mataderos.

Supongamos
que la tierra y el cielo del dorado
pincel con que decoran los museos
es una brocha gorda y desgastada
que pinta las paredes de un hospicio
de un cuarto con goteras
en el Sur de Francia en el que me abismo.

Es cierto que
que no fumo, no tomo,
no consumo
sustancias permitidas ni prohibidas,
y subo a taxis y autobuses,
con la tibia rutina de escribiente
y estas tercas imágenes persiguen
mi día de planicies ordinarias.

Ser sobrio es un problema verdadero,
tonto emblema,
que aparenta negar la poesía,
el sexo sin motivo, las venganzas,
la pasión del amor desenfrenado,
las milicias de guerra,
los flamantes exilios interiores
que estila todo vate que se digne.

Supongamos,
por temor al silencio de la muerte,
que solo se mastica con palabras,
que tumbados ante el espejo
conocemos a Vincent y su obra.
El pobre anda quejoso de un oído,
le supuran las rabias,
los idilios truncados,
el violín que le zumba en la sordera
lleva años de húmedas estancias,
y nos sentamos ante sus pinturas,
atónitos y boquiabiertos,
como si fuera el séptimo día de la Creación
y no existieran críticos que bendijeron la tela
para subir el precio en el mercado de arte
que carece de mitos y los funda.
Supongamos
que podemos decirle “Me gusta”
desde adentro, como conocidos antiguos,
a través de una nube inalámbrica
y Van Gogh nos sonriera con su vieja juventud que
no alcanza los cuarenta.
¿Sería nuestro cuerpo el instrumento
que haría tolerable la inquietud del deceso del artista?
No lo sé, pero pienso mucho en esto
porque desde que comencé a escribir este poema
no cesa de llover entre Sarandí y Crucecita,
por cada relámpago truena
y es un golpe mortal para las chapas
de casillas de barrios de emergencia,
asentamientos indisimulados
que son las cuerdas rotas de esta época
de frívolos orgullos
y promiscuas miserias detonadas.
El agua que ha caído, espesa y dolorosa,
me recuerda otros cuadros, otros tiempos,
en los que veíamos llover por los cristales,
abrazados en tibias contorsiones,
riéndonos del plan de los maestros,
fundiendo la saliva enamorada
y nada era importante
excepto el rozamiento de las pieles.
Olvidemos
que hoy nuestras señales
patinan en el piso carcomido
y una lumbre de niebla lastimera
dilata la distancia.
Suponer, olvidar, vivir, sentir,
resbalarse, perder, amar, morir:
los juegos que propone el alfabeto.





Supongamos 


Supongamos 
que Van Gogh hubiera muerto 
sin tener un hermano leguleyo 
y una ambiciosa cuñada con contactos. 
Que los girasoles nos recordaran el campo 
y no una tela bien pintada en otro siglo; 
que Arlés y Montmajour 
estuvieran a la vuelta de mi calle 
y fuera verano y puesta de sol 
en nuestro corazón de vacaciones. 

Supongamos 
que el recostado señor 
entre valles de paja y azulinos, 
a la hora de la siesta, 
es mi vecino, el vago de la esquina 
que no suele ducharse por las noches, 
ni darse algún buen baño de sales 
cada tanto, 
y la mujer, su humilde servidora, 
con un pañuelo blanco, 
resignada a los vómitos y ausencias 
vela por él, 
apoyando en su pecho la cabeza. 

Supongamos 
que la nostalgia no viste su apellido 
y ha olvidado los nombres por completo 
mientras vuelve a girar la rueca de un molino 
y una vaca a lo lejos, 
salpica sangre en crueles mataderos. 

Supongamos 
que la tierra y el cielo del dorado 
pincel con que decoran los museos 
es una brocha gorda y desgastada 
que pinta las paredes de un hospicio 
de un cuarto con goteras 
en el Sur de Francia en el que me abismo. 

Es cierto que 
que no fumo, no tomo, 
no consumo 
sustancias permitidas ni prohibidas, 
y subo a taxis y autobuses, 
con la tibia rutina de escribiente 
y estas tercas imágenes persiguen 
mi día de planicies ordinarias. 

Ser sobrio es un problema verdadero, 
tonto emblema, 
que aparenta negar la poesía, 
el sexo sin motivo, las venganzas, 
la pasión del amor desenfrenado, 
las milicias de guerra, 
los flamantes exilios interiores 
que estila todo vate que se digne. 

Supongamos, 
por temor al silencio de la muerte, 
que solo se mastica con palabras, 
que tumbados ante el espejo 
conocemos a Vincent y su obra. 
El pobre anda quejoso de un oído, 
le supuran las rabias, 
los idilios truncados, 
el violín que le zumba en la sordera 
lleva años de húmedas estancias, 
y nos sentamos ante sus pinturas, 
atónitos y boquiabiertos, 
como si fuera el séptimo día de la Creación 
y no existieran críticos que bendijeron la tela 
para subir el precio en el mercado de arte 
que carece de mitos y los funda. 

Supongamos 
que podemos decirle “Me gusta” 
desde adentro, como conocidos antiguos, 
a través de una nube inalámbrica 
y Van Gogh nos sonriera con su vieja juventud que 
no alcanza los cuarenta. 
¿Sería nuestro cuerpo el instrumento 
que haría tolerable la inquietud del deceso del artista? 
No lo sé, pero pienso mucho en esto 
porque desde que comencé a escribir este poema 
no cesa de llover entre Sarandí y Crucecita, 
por cada relámpago truena 
y es un golpe mortal para las chapas 
de casillas de barrios de emergencia, 
asentamientos indisimulados 
que son las cuerdas rotas de esta época 
de frívolos orgullos 
y promiscuas miserias detonadas. 
El agua que ha caído, espesa y dolorosa, 
me recuerda otros cuadros, otros tiempos, 
en los que veíamos llover por los cristales, 
abrazados en tibias contorsiones, 
riéndonos del plan de los maestros, 
fundiendo la saliva enamorada 
y nada era importante 
excepto el rozamiento de las pieles. 
Olvidemos 
que hoy nuestras señales 
patinan en el piso carcomido
y una lumbre de niebla lastimera 
dilata la distancia. 
Suponer, olvidar, vivir, sentir, 
resbalarse, perder, amar, morir: 
los juegos que propone el alfabeto.





No hay comentarios:

Publicar un comentario

Abiertos para aclaraciones o correcciones en estudio, para uso exclusivo de la autora.
Si quieres enviar un correo electrónico o dejar tu comentario puedes hacerlo a la cuenta personal de Lucía, que aparece publicada en el perfil: luciangelicafolino@gmail.com.