jueves, 25 de febrero de 2016

C y A (3)









Lamentaciones por Charly García

“El dolor deletéreo del cadáver”
Los hermanos Karamazov. Fiódor Dostoievski 

Ay, colega,
poseído de murrias y extravío,
aún dudamos que seas verdadero.
Tus auténticos dobleces
reconozco
como un azar de leones,
en forma de sentencia combinada,
desde un orfelinato sin materia.
Con un vago contacto en el rocío,
furiente y destronado
por el Sumo Pontífice en la Pascua,
te exonero.

Carezco de opinión por tu persona,
cambio rima y final de ambivalencias,
pasando un mal momento.
Coronado epiléptico en pasiones,
como autor del delito intelectual
de rebeldía,
luciendo contra chivos expiatorios,
la sombra lútea,
profusa, irresponsable,
de una banda de ladrones malparidos:
Mirá que la tenemos peliaguda.

¿Perder nuestra fortuna?
¿Desdecirnos?
¿Abogar por chantajes y dineros,
que solo pueden convertir en piedra
la estatua del futuro asegurado?
¿Sentirse ese vicioso despreciable,
corrompido en trivial desasosiego?
Mejor será
mirarse en el espejo y escupir
el olor deletéreo del cadáver,
en torsión de eufonía catastrófica
con triste futilidad de occiso en el periódico,
cargando los zapatos de la inepcia
en un otoño antagónico y pluvioso.
Me quedaré sin un amigo
si viajo por mal tema susceptible,
aunque no pueda decirse
que mis viejos amigos sean amigos
pues la farsa da igual quien la gobierne
o reine desde el cielo en su liturgia.
Adulteramos tu prosa como novios
que repiten ceremonias refractarias,
con zares y monarcas,
sus mafias y adulterios,
y el doble que nos juzga en otra orilla,
alimentando con dejadez
pretéritas revoluciones eremitas
que reportan a cuatro gatos locos,
que deberían estar diciéndome
que soy un cobardón,
un infeliz con prisa,
que hace versos catárticos por tedio,
en lugar de afinar cancioneros del olvido;
pese a la defección que nos arrastre,
lejanos de la culpa
de no ser el ombligo de este mundo;
liberando a las viudas de su suerte
abyecta y miserable,
con jangadas de verbos y molienda,
sustancias clandestinas,
arriesgados a morir en áridos desiertos,
aunque crean que soy quien los demanda
con mis empresas hueras de talento,
incapaz de ser héroe o antihéroe
y sin tener salida alguna.
Maldiciendo.

Porque soy una cáscara sin jugo,
una holografía trucada por expertos.
¿Cuánto hace que estoy muerto
sin pensar en el suicidio?
No me interesa que me laven el cerebro.
No estoy de humor para embozos ni santuarios.
Las personas como nosotros,
que escamoteamos las normas morales,
arrastramos serpientes,
involuntarios homicidios,
desgravando millones, a cuestas del subsuelo,
que se reducen a un testamento de papel
y crímenes impunes,
conspirando en la inconsciencia,
vasallaje del piojoso.
Ni mi boca diserta la verdad
ni miente este turbión de repentino exabrupto
de indígena, que come con las manos,
que no sabe de higienes europeas,
encadenado en una vida que encogió
y no puede quitarse ya de encima,
aunque digan que nunca es tarde
para arrepentirse y llorar.

Soy polizonte.
Me he inventado seudónimos y máscaras,
manjares de artillería de bandidos,
relojes sin minutos ni segundos,
simulando un avaro inquisidor,
un idiota infernal,
un mezquino patológico del tiempo
que pasamos soñando en librerías;
portadores de un látigo escondido,
en pliegues de cordeles y neuronas.
Medicados.
Sin saber lo que está fuera de la piel
que nos recubre con tuberculosis,
vitíligo, pendencias o demandas.










Confidencia

“Somos nuestros propios demonios,
nos expulsamos de nuestro paraíso”
Las cuitas del joven Werther. J. W. von Goethe.

La noche, con sombrío velo,
mascarada,
acicatea nuestros emblemas legionarios.
Deambula.
Desespera.
No tengo alma que me pertenezca
ni estoy contenta.
No me seducen las tropicales brisas
de la alborada.
Bailo la milonga de los entresuelos
frente a bibliotecas afligidas.
No tengo amigos insepultos.
Ni aliados ni adversarios tengo.
No tengo discípulos que me esclavicen
ni calcetines ni tiburones,
ni amargas noches ni noches negras.
No tengo sed.
No tengo deudas.
No tengo plasma.
No sueño pesadillas de lavabo.
Llegar a ver a Dios
es mi pesimismo
y mi mortaja.
No tengo afanes de meretrices,
ni lectores inocentes,
lo digo sin sentir vergüenza.
No estoy demasiado lejos
de los muertos opulentos,
de los pobres muertos encadenados.
Sin embargo: Alerta Rojo.
No puedo dormirme todavía
Ignoro el porqué.
El demonio es plural, dice San Lucas.
La oscuridad nimba y me estalla.













Hijuela
Quien participa en el caudal del polvo,
que heredamos los nietos del dialecto,
bajado de los barcos,
en tercera,
con los bolsillos llenos de promesas
que atestiguan carencias y pudores,
exhorta al escozor;
igual que los turbios rescoldos
de brasa refractaria a las pasiones,
que queman con su fuego el vaciadero
del anticuerpo inmune,
que debe restañar la sangre
vacilante
del amor circunscripto a postulado y
prestidigitación.
Somos simples tablones de los aserraderos,
con diferentes tintes y tamaños.
Para construir muebles, hemos matado al árbol.
Para sembrar el árbol, mordimos la semilla.
La semilla del fruto,
despojado de su carne mollar,
nos dará sombra,
mientras nosotros aprendemos
a enunciar oraciones
gramaticalmente incorrectas;
invirtiendo en lunfardos de lenguas populares;
pagando en efectivo las minutas;
la venda que nos cubre
la flema y la paloma.

Hemorragia insensata por doquiera:
Adquirimos vocablos que nos sirven
para denominar al gran (Ob) Servador,
adjetivo poético de Júpiter.

La fuga de cerebros ceñida a los estrados,
donde una hijuela rompe un inventario
de bienes y de ruinas,
es una fórmula cargada de triquiñuelas,
de evasiones que desplomaron
a contraluz
su correlato: Zona franca.

Agrura esclavizada en estridencias
de “los descamisados de alpargatas”
y blondos “nenes de mamá”
que recitan discursos rutilantes,
importados de Cuba,
fabricados en las mismas tienditas
del macarrónico mercado
que exporta bancos, tiempos de hamburguesa,
malestar, bufos, mimos, cocaína,
resonancia de Hollywood,
guerra virtual, ciclones, hecatombes,
sexo, trompeta, saxo y clarinete.

Un mundo amarillento,
adoctrinado
por propaganda y lluvia a goterones,
con gemidos de turba
que rastrea al bisonte de Altamira,
y enjuga testamentos como ofrenda.

Juntos hemos creado los abismos
más horrendos,
que separan al ángulo y su espejo.

Juntos van a pastar nuestros futuros,
que marchan juntos,
con una mano atrás y otra delante.

Libertinaje

En el umbral de las palabras,
del lenguaje gestual
o la experiencia
hay una zona gris del pensamiento
en la que mora asustada
la libertad
con su manía de definición,
su despertar instintos,
sus derechos.

No hay nadie que presuma que ella existe,
ni nadie que descrea que esclavice
con su voz seductora de anfitriona
del palacio sutil de la conciencia,
la vitrina hecha añicos
de la especie animal.
Su excusa y desenfreno manifiestan
que incluye un requisito inexpugnable
en todo amoldamiento;
preconcebir la inicua contracara
de la hermética fe
que la ha prologado,
un vicio del que pocos hoy se acuerdan
que avanza lento como la hormiguita
atestada de lemas y zalemas,
y se instala en el nauseoso altar de la inminencia
que prefija amenaza
insistiendo en vulgares parecidos:

Libertinaje.
Ronquido escandaloso,
la grieta irresponsable,
el brindis de un Satán desvencijado
con frondoso historial de malas artes,
chauvinismo de una patria que excede
la audaz frontera del conflicto.

La palabra –se ha dicho- no es la cosa.
Pero, ¿cabe dudar que no lo fuera?
¿Es solo el ofertorio de un estado
de plena convicción y raciocinio?
¿Está en el núcleo de la espiga el trigo
o apenas su entrevero imaginado?
Ser libre es ser feliz.
Su pantomima
es el sable que empuña, en la emergencia,
su despropósito;
Libertinaje es visión;
el frenético barro en la cuneta,
en que mete su pies el disoluto;
el estado de angustia ante el deseo
de ser el Inmortal superviviente;
el poderoso monstruo
del reglamento aún desconocido.

La libertad está colmada de absoluto.
Es obra de los rangos superiores,
la secreta censura de los labios,
la savia de los árboles;
señal de acercamiento
del yerro y la magistratura.

El libertinaje, en cambio,
sin venda, por la ley totalitaria,
ofrece tentaciones infinitas,
en la huella perdida de lo ilícito.

Salgamos en rescate heroico,
del sustantivo oculto de sus fines.
cumpliendo una misión de humilde ética,
evitando negar sus corolarios,
que no por innombrables,
se tornan ilusorios.















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