jueves, 25 de febrero de 2016

C y A (5) Ver correcciones in pdrive



La paja en el ojo ajeno

Cada vez que alguien diga “centeno”
en el futuro,
pensaremos en Salinger.
Cada vez que se escriba “almiar” en unos versos,
evocaremos nuestros campos
estériles.
Cada vez que el subterfugio te nombre
iremos a disparar caracoles de río
como inútiles pedradas.

Los bastiones quedan lejos
¿qué se siente ser tan bueno en las palabras
si nada con ellas podremos construir,
excepto un anillo de descarte?

El camino de los recitadores
de autores respetables
se conforma con listas bien nutridas
de memoria,
cazadores de personajes
fictos y elegantes,
dejan tras la puerta un tendal
de sujetos inconclusos.
Herméticos.
Inescrutables bocetos.

Los dueños de la vanidad
están cerca del Poder y del Abismo.
Nos persiguen con su causa y su locura;
dejan mortecinas consecuencias
con su cloqueo de gallitos de riña.



Salacidades

Se acabó lo que se daba.
Se agotó la caja chica del banco de la procacidad.
Los nuevos miembros saben de antemano,
en su insolencia,
que el caudal de fondos es irrisorio;
y sin embargo,  aspiran a morder los escarpines
de los machotes poderosos.
Todavía, estériles, serviles, agachados.
Los moderadores se atajan y renuncian.
Los directivos atan cabos, piensan y chamuscan
las viejas ideas de la supervivencia.
Al fin, el trabajo no se presume gratuito.
Chapeau, compañeros.
Los cachafaces están en el horno.
Las reinas que engordaban con elegancia
se arrepienten, y tergiversan sus pecados
en peinetón blancuzco y rodetes tumefactos por el spray.
Dios nos libre de los parientes de la conspiración.
Los cómplices (bichos y dinosaurios)
tendrán que dar la cara con vergüenza
y devolver lo robado, porque el pueblo así lo exige.
Siempre el mismo excremento público,
quiere entretener a la fauna
bajo el cataclismo de sus salacidades.
Son las estirpe de inclinados a la lascivia,
al escorbuto, la lepra, la miseria.
Hay que salir a matar mujerzuelas
que engendran hijos desorillados
con el dogal al cuello, jadeando como perras,
para no morirnos de pena.
La ponzoña trepadora dejará de estar de moda,
como el maní con cáscara,
el casco medieval,
la guitarra en el ropero
y los zapatos de gamuza azul
amenazados y congruentes con su época
de despertares de vitrola cerril y faroles cabrilleantes.
Se terminó la fiesta de los eruditos en convicción
y de  payasos sin nariz de plástico.
Somos muchos, somos más, somos tantos
acodados, que  casi
los estamos bordeando a todos.





El gorrión entumecido


Apenas un gorrión entumecido
que gime cuando canta,
hace tiempo hube echado en el olvido.
Mas luego su figura se agiganta
volcán en erupción, violín lucido.
El pájaro resiste la tormenta
en el destierro.
El modus operandi:
la boca saciada por polvorienta
tristeza, recupera audaz el porte neto
en un velo de tul,
que encubre a las estrellas como un reto
de volver a forjar nido, y alienta,
dolido cuerpo gris del  esqueleto,
la esperanza que inventa
de andar de rama en rama espeluznante,
en llamas de colores,
paleta en cielo azul,
movido en mi oración de artista errante.
¿Sabe el gorrión que sufre por su amante
que no hay felicidad sin resplandores?












De tal palo, tal astilla
                                                A Roger Gilbert-Lecomte
            




Avanzando, sin rodeos,
contra gajes del oficio,
como si fuera el río un insulto enmascarado,
vivo vaciando carteras
en el umbral renegado y maloliente
del diccionario porteño.
Tanta lluvia y sin paraguas.
Un cerveza sin espuma,
amicísima como todas,
espera a su mecenas en el bar de la noche.
Merodean espasmos de la “Garza” Sosa,
aparecidos y testigos falsos, a sueldo del sistema.
Compromiso frugal.
Hablaré de lo obvio:
Del esqueleto fosforescente de las Catedrales
de Luján y de La Plata, que contrastan su belleza
con la de Avellaneda,
castillo de vitral adolescente.
Mi ciudad: suburbio impune
que un bólido disparatado
quiso rebautizar Barracas al Sur.
Escarceos de un pejerrey
sepultado en una tumba de la Santa Cruz.
Atizaré las fogatas de los túneles redondos.
Compartiré leña podrida del calafate
y aceitunas a precio módico.
Octubre torrencial. Febrero sarraceno.
Habitantes del desierto:
Podemos seguir santificando beatas
Cheers, dear.
Evasores de la trama de los diablos rojos:
La atmósfera es clara.
Fin de la cita.
Holocausto de apertura inaccesible.
Poesía a pesar del Holocausto
para abrir los labios pegados del silencio.
Canillitas de "Zapatito blanco" con que la vecindad tropieza,
una vez y otra vez,
enredan y revuelven
con cucharas de plástico y servilletas de papel
el café de la mañana.
Topos y pincharratas en los periódicos matutinos.
Meandros del continente austral.
Ya ves tú, espectador de columnas vertebrales en decadencia:
Constelaciones prohibidas anuncian tu desdicha.
Si mientes no busques gramilla en pajareras vacías.
Tampoco surgen sinónimos para emular
la milonga del obrero olvidado en una jaula.
No quedan plumas del ruiseñor muerto in extremis.
No fabrican pararrayos que funcionen a pura energía eólica
ni resucitan viejos cuentos que contarnos
en tiempos del gran apagón universal.
Siquiera haya retórica que valga la pena.
Ortopedias para cubrir las fachadas no engendran al hijo pródigo.
¿Qué será un escaramujo? ¿Irá al galope?
¿Cuántos serán los caballos rondeños
que Machado se cargaba a las espaldas?
El rugoso caparazón de las tortugas
es la clave de los sueños linfáticos
que prueba la existencia del planeta divino.
El último mandamiento se cumple en el aeropuerto terrenal,
que cierra sus puertas definitivamente,
como una hojuela herida de bala
que cae del árbol de una biblia incompleta.
Hay perfección en la magia de torvas precipitaciones.
La honestidad brutal es abuso de confianza en la tahona.
Un sobre blanco que llega por correo se ha convertido
en una titubeante invitación para la estafa final.
Help: De tal palo, tal astilla.
Solo las madres perdonan.
Difícil que un chancho vuele.









No hay comentarios:

Publicar un comentario

Abiertos para aclaraciones o correcciones en estudio, para uso exclusivo de la autora.
Si quieres enviar un correo electrónico o dejar tu comentario puedes hacerlo a la cuenta personal de Lucía, que aparece publicada en el perfil: luciangelicafolino@gmail.com.