sábado, 20 de febrero de 2016

Intrusos en el espectáculo


Intrusos en el espectáculo 


Saroyan en su lecho de muerte:
“Creí que nunca moriría.”




Me contemplo desde
la inmortalidad de mi presente.

En la pantalla del televisor
gesticulan y cuentan
chismes de modelos desconocidas
de la mediocre farándula nacional.

No siempre se crea
Poesía
escuchando a Vivaldi
o a Andrey Kiritchenko
ni brindando a la salud
de Hölderin o Bonnefoy.
Diría mejor, casi nunca.

Somos esto. Estamos acá.

¡Qué insensibles parecen
los que no aprecian
la música erudita del siglo XVII,
el trabajo de los genios
de la pintura holandesa
o los sublimes yámbicos griegos!

Como un borracho
en la taberna,
nos preguntamos:
¿Para qué todo?
Sí por mucho camino
que ande
-lo juro pese a haber encontrado
el Santo Grial-
seguirán muriendo
los asesinos y los gatos
-siete vidas también se extinguen-
y los jazmines no crecerán
si alguien
no los cuida de las hormigas.

Mas,
cuando no quede otro alguien
y siga viva
¿querré permanecer sola
en el desierto
como un personaje bíblico?

He visto envejecer
a verdaderas beldades,
caer en la degradación
a galanes notablemente hermosos,
mentir a los presidentes más amados
y desaparecer
¿dónde han ido?
a niños, mariposas y tamberos.

Y los tipos de
“Intrusos en el espectáculo”
siguen vendiendo
productos para adelgazar,
correas para perros,
alarmas antirrobo
juegos frutales
y mujeres sintéticas
sin gusto ni calorías,
como si
la tarde fuera un chicle
pegado sobre la mesa
o
una latita de atún
desmenuzado.


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