jueves, 31 de marzo de 2016

La geisha

LA GEISHA. 


Prepararse para ser geisha toda la vida.
Aprender a bailar igual que el viento,
a esculpir palabras balsámicas,
a tender una mano nívea y firme.
Ser la más hermosa;
apaciguar la mirada
y templar el corazón al sacrificio.

Prepararse para ser geisha
y saber que quien manda 
en el Palacio
es aquel que controla,
con suaves masajes elementales,
los pies del otro.
Cambiar el kimono por la alta costura,
el cepillo casero por las sofisticadas peluquerías.
Caminar lentamente,
mas, ágil como una ardillita
consumando en Pandemonium
Pasión y Belleza.

Prepararse a oler como las lilas,
aprender a bajar los ojos,
a ser sutil con las diferencias.
Iluminarse con Basho
con Li Po o con Steiner, 
pero iluminarse, sobre todo,
con rubor para mejillas
de marca afrancesada.

Recitar igual que los ángeles
poemas orientales con magnolias,
tierna y macerada la voz
en toneles añejos,
y seguir luciendo
fieramente indecente a los cuarenta
como una Ava Gardner 
que no pierde su compostura
en las noches de copas de El Botín.

Prepararse para ser geisha,
doblemente geisha,
e instalarse en el jirón del mito,
dejar de ser una misma
para ser lo que los demás 
quieren que seas,
y un día cualquiera
encerrarse en una habitación,
llena de flores y parientes,
pero antes iluminarse, 
sobre todo, con rubor para mejillas
de marca afrancesada
y aceptar humildemente
que la Vida nos pegó un tiro.

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