miércoles, 18 de mayo de 2016

Reflexiones tumefactas




Reflexiones tumefactas, engordadas por amor al arte.

La noche nos promete ser clara y transparente de estrellas del color de agrisados ojos nebulosos.

No habrá sobresaltos. La música protege el templo de las musas, amparado del ácido corrosivo de las discotecas diabólicas.

¿Quién se atreverá a pedirme que abandone el edificio?

Me mantendré impasible como una tímida cigüeña a punto de emigrar de su morada.

Pesa sobre mi espalda la furia de los violentos, el llanto de los idiotas, las efigies de piedra dura de los corruptos.

Aquí están copulando el cielo y el infierno, albergados en un todo universal limpio y perfecto.

La impureza de una rosa se trueca por sus espinas, las púas de su guitarra.

Nunca anheles la desgracia de ser rey ni parecerlo.

Nunca anheles la desdicha del guerrero de la paz, aunque en noches aciagas y tortuosas envidies su vejez desconsolada por la ausencia de aquella que ha partido, sin sospechar que mataba a su excelencia, con los labios robados a la luna, de los cuadros que secretamente le pintaba, bajo ínclito seudónimo, con el afán de llevar misterio donde había luz, y conmoverla.

Debes empezar considerando que aun siendo diferentes ninguno de nosotros es distinto a sí mismo e igual al otro eterno.

El antiguo testimonio de los libros religiosos suele dar cuenta épica de la sangre regada en arenas infinitas, antes y después del tiempo y la sustancia.

Los verdugos ignoran la estupidez humana. Por eso son humanos. Por eso son verdugos.

Mi ser se desquita de la continuidad perezosa o más bien de su motivo de sobrevivencia femenina del erotismo circular y autónomo.

Debes también adherir a la humildad, hijo mío, sin dar pasos en falso que conducen a camino del pecado original.

Es obsceno mirar a cualquier parte. Es obsceno cerrar los ojos y dejar de ver sin la mirada.

Aquí están copulando el cielo y el infierno, albergados en un todo universal limpio y perfecto.

El tacto aguarda su resarcimiento. El olor penetra sin mancha de anhelo alguno.

La expectación se ha transformado en santa resignación de los designios divinos. Se parece a un puente cubierto de nieve, resbaloso y frío de un país tan lejano que es probable que solo sea perceptible en la cuna de la imaginación.

Asignar luz a las sombras para inventar la experiencia de la palabra es aliviar la fe, que no se explica.



Cartas de yo a mí

Querido cuerpo:
Buenos días, minina.
Hoy te recupero tras largas noches de pereza en el destierro que elegiste.
Emotivo es el eco de tu llanto en las mejillas. Un dolor agudo se va evaporando con tus lágrimas, que ya no son salados granos sino almíbar dulce.
No debiste persistir en esa lucha desigual donde ni siquiera eras vos contra el mundo sino vos contra vos misma, portando el peso de la Humanidad en tus espaldas. Solita y sola; como una obligación kármica, como un destino fatal que te impusieron los miserables perversos del poder, que intentaron distorsionarte con sus curas profilácticas.
El milagro se encuentra cada día disponible para quien sepa verlo o ayudarlo a descubrir su fino velo.
Tu cuerpo está aquí, con nosotros, todos los tuyos.
Qué lejos queda aquella Fedra que te atosigaba con su leyenda mitológica.
A cada minuto mutamos y nos tornamos distintos. Tal como anunciaba el poeta: “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.
Emerger de la sombra tuvo un costo. Estás pagando los errores.
Bienvenida a la vida, que por ahora, es esta, la única que conocemos los mortales.
Lu.

Estimada Lucía:
No negaré que su cartita, producto de una filosofía existencialista de manual escolar, ha impactado fuertemente sobre mí. No pasó inadvertida.
Se fue instalando como un murmullo en mi memoria, preguntándome una vez y la siguiente, si no tendría usted razón en su invitación a la realidad y en pedirme que me dedicara a conservar mi cuerpo, la materia, la cáscara que me permite sobrevivir, aunque esta también sea una pura energía condensada.
Me muestra en el espejo la incompletitud y destroza la perfección de las líneas mentales con lo concreto.
Usted me exhibe impunemente el embrión de la senilidad ante mis ojos, para que yo diga stopalto el fuego, se acabó lo que se daba.
Debo regresar urgentemente al tacto y al sabor, al oído de las voces y la tersura de la música; a percibir el perfume de los árboles; a sentir el contacto de mis pies caminando en la arena; y debo comprarme un par de zapatos para rodar por el asfalto de Buenos Aires y un vestido nuevo y escotado para las fiestas con bailes de verano.
No será fácil. Ya me conoce: Soy intratable por naturaleza y rebelde por convicción. No acepto reglas fijas, ni estructuras prediseñadas para amortizar las diferencias y vendernos felicidad último modelo en un lindo envoltorio de papel de seda. No me convencen las historias de redención. Creo, como tantos, que el universo es una gran mentira organizada. Toda verdad es media verdad. Toda mentira es una gran mentira.
Sabotearé sus nobles intenciones para el renacimiento que me propone, a cada paso. Seré implacable. Evite los descuidos.
Necesitaré tal vez muletas y una dosis extra de optimismo adulón ante mi falta de perseverancia crónica. Poseo el don de arruinar los proyectos más simples, ingenuos o sencillos.
Vivía sumergida en el fondo del abismo, sin luz ni fantasía aunque feliz con mi conciencia. No tenía una escalera al cielo de Lucy in the sky of diamonds, ni un unicornio azul ni compañeros que me canten que le den candela, ay, que le den castigo.
No creo que lleguemos a ser amigas, señora, al menos intentaré convivir con usted, con mi otro yo, con mis fantasmas, mis personajes reales, sus duplicados y recodos y sus papeles carbónicos, que son muchos y secundarios, que no dejan de hacer un ruido escandaloso durante la jornada diurna y al caer la medianoche entran con sigilo a poblar mis sueños vibrantes con historias de alucinaciones, de terror y de misterio.
Usted me ha tendido una mano salvadora.
¿Para qué? ¿Por qué? ¿Valdrá la pena?
La aceptaré con precaución y escepticismo.
No pienso agradecérsela.
Lu.