sábado, 15 de mayo de 2010

El hombre primitivo

El hombre primitivo (un poema de Lucía Angélica FOLINO)






EL HOMBRE PRIMITIVO.


El dolor es imperativo
.
Sigmund Freud.




El hombre primitivo no conoce
privilegios, majestad, soberanías;

su miedo es el aullido de las bestias,
su libertad, cautiverio de los dioses.
El hombre primitivo no fornica,
no sabe qué es robar;
codicia la belleza irrefutable,
contradice la lógica euclidiana,
ignora que en el fuego hay un secreto
de metales, neurosis y argumentos.
No analiza la vida.
La contempla.
Su existencia es un puro pacer
y defenderse;
no solloza ante sus crías famélicas
ni escarmienta.

El salvaje es hostil al alegato,
al vuelo de un abrazo de paloma,
al verso del poeta dolorido.
Ignora los  tabúes y etiquetas.
No silba, no pregona,
no encarrila.
Se abastece de lluvias y raíces
y si enfrenta algún demonio
lo respeta.

A decir verdad,
a veces lo controlo,
le ordeno que se calle o se someta
a ceremonias rituales implacables
del ínclito presente manifiesto,
que se lave los dientes,
que peine su angustiosa cabellera,
que olvide sus memorias de inconsciencia,
que se calme, se excite o se comporte,
que acepte que es mortal en apariencia,
que sea responsable de sus actos,
que firme rendición con los engaños,
que asista a funerales
y que mienta.

El hombre primitivo se acobarda.
No entiende mis idiomas ni discursos.
El dictamen del juez de infantil actitud
lo desconcierta.
Es hijo de mi padre y de mi madre.
Está dentro de mí: es Lucía Angélica
pugnando por salir de su escondite,
caníbal, antropófaga, incompleta.

Agarrados en  vísceras y en nervios,
en  dos cuerdas vocales sin creencias,
lo injusto de morir no nos perturba.
Su tendencia a escapar nos desespera.








Revisado



El hombre primitivo

El dolor es imperativo.
Sigmund Freud.

El hombre primitivo no conoce
prebendas, majestad, soberanías;
su pánico es aullido de las bestias,
su libertad, cautiverio de leyes.
El hombre primitivo no fornica,
no sabe qué es robar;
codicia la belleza irrefutable,
contradice la lógica euclidiana,
ignora que en el fuego hay un secreto
de metales, neurosis y armamentos.
No analiza la vida.
La contempla.
Su existencia es un puro pacer
y defenderse;
no solloza ante sus crías famélicas
ni escarmienta.

El salvaje es hostil al alegato,
al vuelo de un abrazo de paloma,
al verso del poeta dolorido.
Ignora los tabúes y etiquetas.
No silba, no pregona,
no encarrila.
Se abastece de lluvias y raíces
y si enfrenta algún demonio
lo respeta.

A decir verdad,
a veces lo controlo,
le ordeno que se calle o se someta
a ceremonias rituales implacables
del ínclito presente manifiesto,
que se lave los dientes,
que peine su angustiosa cabellera,
que olvide sus memorias de inconsciencia,
que se calme, se excite o se comporte,
que acepte que es mortal en apariencia,
que sea responsable de sus actos,
que firme rendición con los engaños,
que asista a funerales
y que mienta.

El hombre primitivo se acobarda.
No entiende mis idiomas ni discursos.
El dictamen del juez de infantil actitud
lo desconcierta.
Es hijo de mi padre y de mi madre.
Está dentro de mí: es Lucía Angélica
pugnando por salir de su escondite,
caníbal, antropófaga, incompleta.

Agazapados en vísceras y en nervios,
en dos cuerdas vocales sin creencias,
lo injusto de morir no nos perturba.
Su tendencia a escapar nos desespera.





Corregido para libro

     
El hombre primitivo

El dolor es imperativo.
Sigmund Freud.

El hombre primitivo no conoce
prebendas, majestad, soberanías;
su pánico es aullido de las bestias,
su albedrío la ley del cautiverio.
El hombre primitivo no fornica,
no sabe qué es robar;
codicia la belleza irrefutable,
contradice la lógica euclidiana,
ignora que en el fuego hay un secreto
de metales, neurosis y armamentos.
No analiza la vida.
La contempla.
Su existencia es un puro pacer
y defenderse;
no solloza ante sus crías famélicas
ni escarmienta.

El salvaje es hostil al alegato,
al vuelo de un abrazo de paloma,
al verso del poeta dolorido.
Ignora los tabúes y etiquetas.
No silba, no pregona,
no encarrila.
Se abastece de lluvias y raíces
y si enfrenta algún demonio
lo respeta.

A decir verdad,
a veces lo controlo,
le ordeno que se calle o se someta
a ceremonias rituales implacables
del ínclito presente manifiesto,
que se lave los dientes,
que peine su angustiosa cabellera,
que olvide sus memorias de inconsciencia,
que se calme, se excite o se comporte,
que acepte que es mortal en apariencia,
que sea responsable de sus actos,
que firme rendición con los engaños,
que asista a funerales
y que mienta.

El hombre primitivo se acobarda.
No entiende mis idiomas ni discursos.
El dictamen del juez de infantil actitud
lo desconcierta.
Es hijo de mi padre y de mi madre.
Está dentro de mí: es otra Angélica
pugnando por salir de su escondite,
caníbal, antropófaga, incompleta.

Agazapados en vísceras y en nervios,
en dos cuerdas vocales sin creencias,
lo injusto de morir no nos perturba.

Su tendencia a escapar me desespera. 



Preocupaciones o Vacaciones a la sombra de un pino.

Un poema de mi heterónimo y alter ego: el sabio profesor jubilado don Angélico Saltalamacchia,







VACACIONES A LA SOMBRA DE UN PINO.












PREOCUPACIONES.

Estoy preocupado por ti,
por el resultado de tus elecciones.

Usaste un micrófono para
vengar en voz alta lo que el silencio
sabe y calla.

La secreta sociedad de los Lores,
caballeros conspicuos y gentiles
en nobles asambleas de aposentos,
descomponen la hostil temperatura
del candidato a ser última fuerza.

Dijo Nietzsche que todo millonario
es un ser despreciable.
Son buitres, zopilotes
que viven de carroña entre excrementos.
El huésped de ricos esparavanes
se instala en el balcón de los hambreados.

Yo juego a responderle a tu locura,
si es cierto que existiera ese sub lite.

Y tómate unas buenas vacaciones
de la vida real e imaginaria.
Era
inevitable que algo se dijera
o se filtrara
por el hueco de abiertas cerraduras.

Los compromisos son evanescentes.

Deja reposar tu Acuario de Luna,
epigrama y urdimbre metafórica.

Recuéstate a la sombra de los pinos,
enjuágate la piel con mala letra.

Atrévete al escote;
a purgar los resquicios de la vida,
(esa cruel coyuntura que nos duele
y sin embargo,
es más de lo que sueñan los poetas
con ñoñeces de párvulo cuitado).

¿No tendrías que abrir un sitio con tu nombre?,
¿no tendrías que amar de nuevo el alba?

¡¡¡Minga!!!

23-04-07
¡¡¡MINGA!!!






¡¡¡ MINGA !!!




Te prometen el moro
el oro, ya sabemos,
es de ellos.
Te muestran la Quimera
y te quitan el caballo alado.

Cada día
los muchachos de la Hacienda
dibujan los pizarrones
de números innumerables,
con números numerosos
de numeralidad.

Y vos los estás viendo,
mientras tus músculos se pudren
con el mal hábito de los trabajos manuales.
No, no estaba en los manuales:
¿cómo vencer la escoria enredada
de esos apellidos con nombre de calle?,
o tal vez,
contrariamente,
con calles de patricios y morenos,
puro apellido, que les sobra,
y no te dejan pasar por la puerta de entrada
no sea cosa que
el hogar se acostumbre
al tufo de los pobres.

Te prometen la libertad
y te venden cápsulas de colores
para ser libre:
Libre y sano.
Libre y flaco.
Libre y bello.
Libre y esclavo.

Te prometen la vida.
¿Y qué te dan?
Minga.
Te dan la primera muerte de tu existencia
en el hormiguero que emerge
del lodo de la Historia.

Atropellados

ATROPELLADOS.



Uno a uno los fueron matando.
Y después fueron siete, setenta veces siete.
La clave del conjunto era la misma:
Miedo y dolor de antiguas religiones.
Fantasmas presentidos.

Los hospitales estaban vacíos
y la muerte llena de espanto
enfrentaba a Goliat.
La enfermera del cuadro,
su dedo índice en los labios,
pedía silencio.
De eso no se hablaba en los pasillos argentinos.
El hombre de la Bolsa no era un cuento,
viajaba en Falcon verde
cargando sus cadáveres sin prólogo,
umbroso y multiplicado.

Y el reloj, para algunos,
era un milagro de aeropuertos
y falsos pasaportes
hacia rutas que llevaban a cuevas subterráneas
del ensordecedor exilio.

Seguimos dando vueltas al carrete
y entonces, deshabitándonos
regresan los papeles de encubiertos adioses.
Recuerdos olvidados.

Odiamos al asesino y al indultante,
claro,
y odiamos a la madre que los parió.
Mas, sin embargo:
¡Atención!
La vida les da revancha.
Se están reorganizando
despuntando rencor con su cinismo de socios,
como si tal cosa fuera posible,
como si nada hubiera ya pasado.

Debemos hollar la traición con los pies en la cabeza.
Resolver en poemas hasta que escampe
y jugar la Supercopa descalzos,
aunque nunca salgamos en la tele
y sea tarde, tarde y demasiado.