El hombre primitivo (un poema de Lucía Angélica FOLINO)
EL HOMBRE PRIMITIVO.
El dolor es imperativo.
Sigmund Freud.
El hombre primitivo no conoce
privilegios, majestad, soberanías;
EL HOMBRE PRIMITIVO.
El dolor es imperativo.
Sigmund Freud.
El hombre primitivo no conoce
privilegios, majestad, soberanías;
su miedo es el aullido de las bestias,
su libertad, cautiverio de los dioses.
El hombre primitivo no fornica,
no sabe qué es robar;
codicia la belleza irrefutable,
contradice la lógica euclidiana,
ignora que en el fuego hay un secreto
de metales, neurosis y argumentos.
No analiza la vida.
La contempla.
Su existencia es un puro pacer
y defenderse;
no solloza ante sus crías famélicas
ni escarmienta.
El salvaje es hostil al alegato,
al vuelo de un abrazo de paloma,
al verso del poeta dolorido.
Ignora los tabúes y
etiquetas.
No silba, no pregona,
no encarrila.
Se abastece de lluvias y raíces
y si enfrenta algún demonio
lo respeta.
A decir verdad,
a veces lo controlo,
le ordeno que se calle o se someta
a ceremonias rituales implacables
del ínclito presente manifiesto,
que se lave los dientes,
que peine su angustiosa cabellera,
que olvide sus memorias de inconsciencia,
que se calme, se excite o se comporte,
que acepte que es mortal en apariencia,
que sea responsable de sus actos,
que firme rendición con los engaños,
que asista a funerales
y que mienta.
El hombre primitivo se acobarda.
No entiende mis idiomas ni discursos.
El dictamen del juez de infantil actitud
lo desconcierta.
Es hijo de mi padre y de mi madre.
Está dentro de mí: es Lucía Angélica
pugnando por salir de su escondite,
caníbal, antropófaga, incompleta.
Agarrados en vísceras y en nervios,
en dos cuerdas
vocales sin creencias,
lo injusto de morir no nos perturba.
Su tendencia a escapar nos desespera.
Revisado
Corregido para libro
Revisado
El hombre primitivo
El dolor es imperativo.
Sigmund Freud.
El hombre primitivo no conoce
prebendas, majestad, soberanías;
su pánico es aullido de las bestias,
su libertad, cautiverio de leyes.
El hombre primitivo no fornica,
no sabe qué es robar;
codicia la belleza irrefutable,
contradice la lógica euclidiana,
ignora que en el fuego hay un secreto
de metales, neurosis y armamentos.
No analiza la vida.
La contempla.
Su existencia es un puro pacer
y defenderse;
no solloza ante sus crías famélicas
ni escarmienta.
El salvaje es hostil al alegato,
al vuelo de un abrazo de paloma,
al verso del poeta dolorido.
Ignora los tabúes y etiquetas.
No silba, no pregona,
no encarrila.
Se abastece de lluvias y raíces
y si enfrenta algún demonio
lo respeta.
A decir verdad,
a veces lo controlo,
le ordeno que se calle o se someta
a ceremonias rituales implacables
del ínclito presente manifiesto,
que se lave los dientes,
que peine su angustiosa cabellera,
que olvide sus memorias de inconsciencia,
que se calme, se excite o se comporte,
que acepte que es mortal en apariencia,
que sea responsable de sus actos,
que firme rendición con los engaños,
que asista a funerales
y que mienta.
El hombre primitivo se acobarda.
No entiende mis idiomas ni discursos.
El dictamen del juez de infantil actitud
lo desconcierta.
Es hijo de mi padre y de mi madre.
Está dentro de mí: es Lucía Angélica
pugnando por salir de su escondite,
caníbal, antropófaga, incompleta.
Agazapados en vísceras y en nervios,
en dos cuerdas vocales sin creencias,
lo injusto de morir no nos perturba.
Su tendencia a escapar nos desespera.
El hombre primitivo
El dolor es
imperativo.
Sigmund Freud.
El hombre primitivo no conoce
prebendas, majestad, soberanías;
su pánico es aullido de las bestias,
su albedrío la ley del cautiverio.
El hombre primitivo no fornica,
no sabe qué es robar;
codicia la belleza irrefutable,
contradice la lógica euclidiana,
ignora que en el fuego hay un secreto
de metales, neurosis y armamentos.
No analiza la vida.
La contempla.
Su existencia es un puro pacer
y defenderse;
no solloza ante sus crías famélicas
ni escarmienta.
El salvaje es hostil al alegato,
al vuelo de un abrazo de paloma,
al verso del poeta dolorido.
Ignora los tabúes y etiquetas.
No silba, no pregona,
no encarrila.
Se abastece de lluvias y raíces
y si enfrenta algún demonio
lo respeta.
A decir verdad,
a veces lo controlo,
le ordeno que se calle o se someta
a ceremonias rituales implacables
del ínclito presente manifiesto,
que se lave los dientes,
que peine su angustiosa cabellera,
que olvide sus memorias de inconsciencia,
que se calme, se excite o se comporte,
que acepte que es mortal en apariencia,
que sea responsable de sus actos,
que firme rendición con los engaños,
que asista a funerales
y que mienta.
El hombre primitivo se acobarda.
No entiende mis idiomas ni discursos.
El dictamen del juez de infantil actitud
lo desconcierta.
Es hijo de mi padre y de mi madre.
Está dentro de mí: es otra Angélica
pugnando por salir de su escondite,
caníbal, antropófaga, incompleta.
Agazapados en vísceras y en nervios,
en dos cuerdas vocales sin creencias,
lo injusto de morir no nos perturba.
Su tendencia a escapar me desespera.