Cuando digo canción, digo la noche
que
me perturba siempre que estoy triste
de
grave realidad.
Habita
en soledades contingentes
un
mundo en que mezquinos y malvados
no
piensan compartir
la
provecta canasta de avaricia
ni
el goce insobornable de sus ensoñaciones.
Los
impulsos gregarios de la raza
no
fingen el descuadre:
La
existencia confunde melodías y rimas.
La
nostalgia es un juego desalmado.
Quitarte
de mi mente es acercarme
al
extenuante vicio de pensarte,
coquetear
con astucia,
remar
contracorriente
y
andar buscando el beso trotamundos,
que
quiera reposar en una cama
con
nombre de mujer y de perfume.
Se
dice que la música acompaña
nómades
corazones,
y
sea quizás cierto.
Tiene
imanes.
Me
apercibe que no debo mentarte,
me
saca de contexto
hasta
volver a sonreír sin culpa.
Los
ritmos son acaso alguna esclusa
del
golpe recibido
y
el insomnio es feliz en su suicidio
de
antiguos sacramentos
por
pecados veniales.
El
cadáver no miente ni se esconde
rozando
húmedas pieles
que
viajan en carrozas con escudos,
orladas
de trofeos,
aliviando
el dolor de madrugada.
Huyen
las pródigas enciclopedias
quemando
las banderas de un corsé
con
vainicas, cinceles y armaduras,
y aun
así, perdidosas de futuro,
desnudan
nuestros ímpetus fervientes.
No creo que sospeches,
que
estos versos medidos con recato
de
pasamanería
pertenezcan
al círculo de tiza
de
aquellas mariposas de jardines
que
se bordan en blanco, en las pinturas
de
láminas echadas al olvido
que
arredra su carrera pavorosa.