Koalas.
a Las tres Gracias, de Rafael Sanzio de Urbino.
Vestidas sin vestido,
perfumadas sin boda,
ilícitas al hombre
de los sueños prohibidos.
Fugaces como cúmulos
de blancos nacarados
que perforan la lengua y los percheros devoran
con tules que no existen,
inocentes gaviotas.
La caja de Pandora
aprieta entre sus alas un lucero.
No hay duelo
ni vapores ni brumas ¡ay!:
El día de mañana es nuestro día.
La mano que se posa en otra mano
enciende los tizones y acoraza el espejo.
La cruz cuece las nalgas,
el pubis perspectivo,
dos ombligos fulgentes
y la sombra de escarcha.
Vanidad entre huesos y sus dedos descalzos
de paisaje insurgente
y una duda cercana con aroma a eucaliptos...
Un temor diletante maldice sus pupilas,
estrecha sus koalas,
empequeñece el cielo,
las desata, desvela,
perdura y agiganta.
a Las tres Gracias, de Rafael Sanzio de Urbino.
Vestidas sin vestido,
perfumadas sin boda,
ilícitas al hombre
de los sueños prohibidos.
Fugaces como cúmulos
de blancos nacarados
que perforan la lengua y los percheros devoran
con tules que no existen,
inocentes gaviotas.
La caja de Pandora
aprieta entre sus alas un lucero.
No hay duelo
ni vapores ni brumas ¡ay!:
El día de mañana es nuestro día.
La mano que se posa en otra mano
enciende los tizones y acoraza el espejo.
La cruz cuece las nalgas,
el pubis perspectivo,
dos ombligos fulgentes
y la sombra de escarcha.
Vanidad entre huesos y sus dedos descalzos
de paisaje insurgente
y una duda cercana con aroma a eucaliptos...
Un temor diletante maldice sus pupilas,
estrecha sus koalas,
empequeñece el cielo,
las desata, desvela,
perdura y agiganta.
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