Te extraño, corazón. Echo de menos
el quiebre de tu voz, tu melodía;
y sueño con tu boca, todavía,
convulsa de pasión y de venenos.
Mi vida en soledad son estos truenos
quejosos de tu ardiente idolatría;
roída está mi piel por la herejía;
son vacuos los ajenos desenfrenos.
Te acompañan rufianes de almacenes
que apuestan deshonor en una feria.
El siglo me devuelve a la miseria:
Voy abriendo la puerta a tus vaivenes.
Mis ojos a través de las paredes
te buscan y te envuelven en los brazos,
que ofenden la memoria con sus trazos
de pescado atrapado, entre tus redes.
Pero quiero que entiendas lo apremiante,
aunque sé que te altera que lo diga,
tesorito mutante, almita errante,
trigo y espiga,
dama menguante,
que la fiebre es para mí esta aguja
que imprudente acaricia y me dibuja
tu figura nostálgica y distante.
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