El faquir un día le preguntó ¿y cómo está la Morena?, y la palabra del experto en mujeres, lo pegó a mi falda de una chica al rojo in red. Alive.
El huracán hizo el resto.
Usted se reirá mucho, vecino,
pero a mi se me hace un nudo en la garganta
ni le cuento, vecino,
a estas horas estará sonando tragicómico
más que dramático,
porque de verdad
que una no sabe que decirle
a la gente que acomete y pregunta
si me falla el comedor;
esa gente pseudo ingente,
que resopla, que se oculta,
que se entristona y tris tece
por tanta soledad,
tanta mentira
de pueblo chico, infierno grande.
Usted se reirá mucho, ya lo sé,
vecino,
porque entiende que no les da el cuero
y agachan la cabeza
y dicen que estoy loca
y que tome la pastillita azul
y patatín patatero.
Estoy segura de que no ha querido
saber esto,
aunque si que habrá ansiado
desternillarse conmigo,
mucho la rima jadeante,
la maja de antes del día después,
la que cantaba en los bares canciones populares
y tabulaba el Universo.
Ay, vecino, si le mostrara las fotos,
ay, si supiera que
cuando se apagaba el ordenador,
una orquesta sinfónica, afónica y esterofónica,
tocaba Brahms y Piazzola,
y yo sola;
no faltaban citas a las citas
del señor de las monsergas
a ciegas de los gallitos
de comisuras babosas,
No me verá por un tiempo,
vecino.
Descréame.
Sipi.
Paparepecepe
quepe mipi fapamapa
llepegópo haspatapa
apaquípi.
Opolépeeeeee, pepe...
Pepé pepé pepé,
pepé pepé pepé...
(con música de murga,
amor en tacitas
y santo y seña rodado en la arena).
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Traslado del blog de la comunidad de El País, ENFUNDÁ LA MANDOLINA por dificultades técnicas en el sitio: http://lacomunidad.elpais.com/luciafolino/ Poemas de Lucía Angélica Folino
domingo, 23 de marzo de 2014
miércoles, 19 de marzo de 2014
La canción del abandonado
Canción de los amantes sin fe.
¿De qué sirve rogarte que me quieras?,
¿que adores lo que acaso te entregué?
Tenemos para amar la vida entera.
Cualquiera que los sepa será infiel.
Las cartas del dolor están echadas,
Dejame si querés, pero volvé.
La noche se decanta por lo incierto
No vale ser lo poco que tenés.
No me abruman los celos,
te lo juro.
Seguiré tomando el café expreso con fernet.
No hay nadie en este mundo, te aseguro,
que gane al desdeñar un tentempié.
Y sin embargo, a veces, me despisto.
Ya sé no tiene dueño el corazón
y cuando estás con otr@, te desvisto
y escribo, de un tirón, esta canción.
Estar contigo
es aplacar el ruido de la lluvia.
Estar contigo
es irritarse frente al televisor.
Estar contigo
partiéndonos las uñas,
rodando como un viejo rock and roll.
Andate pero volvé.
Volvé, volvé.
Dejame pero volvé
a este camino cruel de amor sin fe.
Andate pero volvé.
Volvé, volvé.
Y después de estar conmigo,
andate si querés.---
miércoles, 5 de marzo de 2014
El punto de fusión
El punto de fusión.
A Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges.
Cada poeta arropa un color.
Algunos son azules.
Azul su estandarte y el Ideal su Ley.
Otros, decididamente,
son negros.
Matizan algunos grises
en su fúnebre conglomerado
de versos oscuros.
Con muertes y obsesiones
se escriben las novelas policiales,
no se pintan buenos cuadros,
mi apreciado amigo.
Anverso y reverso del espectáculo
cristalino de un mundo caníbal.
Tácita reconducción
de la estética marea que sesga todo arte
y ordena
que si eres pintor no eres poeta,
o tal vez, lo contrario, vamos.
Retrocedo al lenguaje del color de la poesía.
No hace falta disimular la incertidumbre.
Empecinados bermellones rojos
son rojitos aguados de acuarela.
Y el resorte que los ajusta o los sujeta
flaquea en un misal
con panderetas del vellocino de Jason.
Podrías ya seguir alucinando
porque los hay,
poetas amarillos y parduscos,
(los poetas menores que amaba Borges
sin mentores por pormenores varios)
El mundo se reduce a explicarlos:
Y ahora que lo pienso bien…
Yo soy violeta insustancial
en mis sueños subconscientes.
Errática confesión de alojamiento
sin confirmación retórica,
todavía.
Solo sé que en el ultramar violeta
serpentea el camino con vehemencia.
Que violeta es el color de las vísperas.
Que tuve dos maravillosos vestidos en mi vida:
Uno, lila atrevido
con el que conseguí mi primer empleo de abogada
y el otro violeta,
de trágica elegancia,
que estrené el día en que lo vi
con esa cualquiera en un bar
que frecuentábamos juntos
y sentí
por vez primera,
el antisigno inaugural
de una fuerza secreta y misteriosa.
Supe de inmediato
que aquel color de flores del teatro
difuminado entre unas baratijas,
sería el punto de fusión
entre la fantasía cautivada en los límites
del juego de luces y sombras
de mis tristezas
ingénitas o ambiguas,
y mi humilde realidad creativa
en la minúscula casita de rutinas literarias.
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