NIEVE Y CAFÉ.
El día que nevó en Buenos Aires.
La eternidad de los copos que gruñen
cabe en un ojo.
La cabellera de Julio desgrana su caspa,
en un tesoro de blanco vestido de novia.
Una fatiga crónica nos sorprende con el éxtasis
de un firmamento roto,
que cunde en sus casi ochenta años
de música arrinconada en los oídos.
Nuestros abuelos nos lo contaron
para escucharse en el zumbido de la vibración.
Nieva en Buenos Aires.
El calendario está cumpliéndose ahora,
impertérrito y helado.
A su vez, lo contaremos,
sin miriñaque ni minifalda.
Alguien antes nos enseñó a mentir
sin titubeos.
Les diremos que fue histórico,
que fue un presagio,
les diremos que fue
una bendición,
una magia
que patatín patatero.
Haremos lo imposible para que nos crean
que estuvimos felices y orgullosos,
sin pedestal a cuestas,
todavía en erupción.
No nos esconderemos del cazador
ni de la liebre desollada.
Haremos frente a nuestros secretos acentos.
Pondremos el pecho.
para opinar todavía sobre corbatas,
vitrinas, religiones,
experimentos.
Sobre el cambio climático
nos limitaremos a sonreír,
y nos tomaremos el último café,
con gusto a tormenta inédita,
con olor a tigre de porcelana,
cortado, sin azúcar,
hasta que caiga un relámpago
o se evapore en sangre
el colesterol.
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