Cuántas veces
pecamos…
Cuántas veces
pecamos, amor mío,
de olvidos que
sufragan el indemne
malestar por la
muerte que solemne
nos aguarda en su
curso como un río.
Huyendo del afán por
lo sombrío
cicatriza el placer
la fe imprudente
y se gozan los
cuerpos de repente
mecidos al calor del
desafío.
La hoguera vuelve a
arder cada segundo
abandonada al juego
del capricho:
La piel que nos
reviste como un nicho
abraza en su verdad al
yo profundo.
Se distingue la voz
del furibundo
y vuelve su
impaciencia intermitente
ante una lucidez
omnipresente:
vos y yo, desposados
contra el mundo.
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