Ni lerdos ni perezosos
toman la iniciativa
audaz.
Las personas del suburbio
desconocen que hay reglas para todo.
La jactancia es acorde con su edad
por nacer fuertes.
Pulsan timbres equivocados
y chiflan de manera subrepticia
cuando alguien los descubre
enjugando un despecho humedecido
con los ojos cuajados del acíbar.
Se tiran desde el nimbo
y saltan hacia el ampuloso trecho
en la nave pintada por Del Bosco
cuando exprimen la bilis en el alma.
Lo que nunca nadie les ha dicho
fue que el capitán de aquella nave de los locos
conduciría al ciego apocalipsis
por el simple pecado venial
de ser bribones sin
licencia,
cuando intentan amar
a una mujer
en coto de caza ajena.
Los huérfanos heroicos con desgana
rematan sus collares de
degüello
tirando su honra extática
a los perros pulguientos de la calle.
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