Delicuescencia
En letárgico estado, la corista
esperaba la muerte en un rincón,
pasando el rato, fuera de la pista,
entre función y función.
Era espía del arte y de la danza
fumaba sensualmente,
cual puta de ocasión,
negándose a pesar en la balanza
si vale más un cuerpo tibio y envolvente,
que el orgullo de aplausos, que su mente,
recargada de trajes desgastados
recusa ante el ausente corazón ajado.
Qué mal bocado.
Qué papelón sufrió.
Que campo descampado.
Creía que lo había hipnotizado
con su delicuescente decorado
sin micro ni condón.
Vaya tormento el himno de la noche
que acechante trepida ebullición,
con luces de Novalis decadentes.
de mera sinrazón indiferente
de mera sinrazón indiferente
si canta una canción extraoficial.
En una gruta artificial,
vulgar y recurrente,
que nada contra la corriente,
de espeso lodazal.
Decidida a escapar de la vertiente
intentaba volar como esa hoja
del árbol otoñal que la despoja
de sueños de farándula y de fama.
Aúlla su simiente, cuando miente,
metáfora con labios de serpiente
buscando nueva cama,
que la lleve a creer que hay un mañana
que la aguarda incipiente al abordaje.
La corista jamás es una dama,
ni estrella ni señora.
Es la chica que entona un estribillo
del dueño de escenarios con blindaje
La corista es un grillo, atlético y sencillo.
La que llora.
La corista es un grillo, atlético y sencillo.
La que llora.
A veces es cigarra de algún viaje
al ritmo de martillos y embalajes,
o mucama que limpia telarañas;
y aunque bese el anillo
del triste solitario que la ultraje,
hosca y huraña,
la corista se entiende con la ruina
de bajarle la fiebre a la rutina
en la calle del Pez de Malasaña.
Poema que diera origen a la canción adaptada: La Corista (Folino-Gabetta)
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