domingo, 28 de febrero de 2010

Él era un pobre con guita...

Él era un pobre con plata, un mercenario
incapaz de soñar con las estrellas
que ansiosas por brillar se le acoplaban
en las mesas del bar de escaparate
exhibiendo sus curvas de mentira,
sus portentosos pechos retocados.

El era un pobre con dinero, un paria
pomposo y orgulloso de su cuenta
bancaria, sus chequeras abultadas,
con códigos de mafia indispensables,
que rezaba ante el dios de la fortuna
sin miedo a las venganzas de la tierra.

El era un pobre con pasta, un excluido
del reino de las musas, que robaba
lo mucho que tenía y que perdía
en los hombros de mínimas damitas
del puterío que se costeaba por no
querer pagar el precio a la derrota.

Él era un malhechor de trucos sucios
y victima del morbo, sin condena,
su placer no tenía precedentes
cuando de lejos su pena aliviaba
hostigando de amores imposibles
a señoras que nunca lo alcanzaban.

Su dios, ya lo hemos dicho, era el engaño
capital que contaba entre sus bienes,
en monedas constantes y sonantes.
Su sed era de aplausos y billetes
por ende, a Fausto mismo se entregaba
sin crecer, pues la envidia dominaba
su presente famoso y envidiable.

Yo era la figurita difícil de su álbum,
el nombre de mujer que pronunciaba
cada noche al caer en bastidores
de otros cuerpos reales y virtuales.

Quizá, tengan razón quienes alegan
que fui yo
la causante de su muerte imprevista,
la mala que en las fotos no aparece,
la mujer que cobraba el mayor precio
a cambio de su sexo o de su sombra.

Tal vez, sí,
no lo niego, lo he negado
por culpa de su fiebre mal curada,
su afán por el tener, sin importarle
si alrededor sufrían las personas
o explotaban los bosques y volcanes.

¿Por qué no?
No pude con mi genio
de exigirle constancia de emociones,
pasiones sin murallas,
evidencias:
su única bandera tendría que quemarla.

El era un pobre idiota, un gran magnate.
Un poderoso. Un memo acaudalado.
Yo era una humilde amiga de beatos,
a duras penas si me sustentaba.
Imposible pactar con la avaricia,
es inútil, le dije una y mil veces,
en su facha de amante sin consuelo:

donde hay amor, no cabe otra palabra.

El era un infeliz de pesadilla,
su mezquindad aviesa le prohibía
ceder el corazón a rajatabla,
abrirse como rosa en las macetas
a una luz ungulada.

A la puesta del sol, se ha hecho el arqueo.
Los dos hemos perdido la batalla.






(La palabra "guita" se reemplaza para los países que corresponda por "pasta")

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