Las mejores ideas son anónimas.
Las mejores personas son anónimas.
Anónimo es el nombre de Dios Padre.
Lo anónimo no es lo innominado
Ni siquiera
es lo que falta por nombrarse.
Lo anónimo es el pueblo y su mansalva:
la herencia de una raza poderosa
que supo distinguir pimpollo y rosa
sin ver y sin ser visto entre las pulgas.
Porque nada
es lo puede ser pasado
si el tiempo es quien transforma la materia
y la rueda el motor de largo alcance
que quiso arar la tierra con su fuerza,
con su apodo de diosa femenina.
Rueda que rueda la rueda, la rueda
redonda del ferrocarril.
Anónimos son miles de millones,
que pasan, pasarán y habrán pasado
en juegos de palabras,
cultos, cuerdos, audaces, inocentes,
locos por descorchar el vino añejo,
dejando su migaja entre las huellas,
malgastando fortunas en sepulcros,
a la vista de un Sol que se enrojece
de saber que no aprenden los notables
con nombre y apellido en bibliotecas
en busca de una gloria
fugaz y pasajera.
Anónimo es el nombre de la primera madre
y la última nodriza.

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