sábado, 29 de octubre de 2011

La última nodriza



Los mejores poemas son anónimos.

Las mejores ideas son anónimas.

Las mejores personas son anónimas.

Anónimo es el nombre de Dios Padre.



Lo anónimo no es lo innominado

Ni siquiera

es lo que falta por nombrarse.

Lo anónimo es el pueblo y su mansalva:

la herencia de una raza poderosa

que supo distinguir pimpollo y rosa

sin ver y sin ser visto entre las pulgas.

Porque nada

es lo puede ser pasado

si el tiempo es quien transforma la materia

y la rueda el motor de largo alcance

que quiso arar la tierra con su fuerza,

con su apodo de diosa femenina.



Rueda que rueda la rueda, la rueda


redonda del ferrocarril.



Anónimos son miles de millones,

que pasan, pasarán y habrán pasado

en juegos de palabras,

cultos, cuerdos, audaces, inocentes,

locos por descorchar el vino añejo,

dejando su migaja entre las huellas,

malgastando fortunas en sepulcros,

a la vista de un Sol que se enrojece

de saber que no aprenden los notables

con nombre y apellido en bibliotecas

en busca de una gloria

fugaz y pasajera.

Anónimo es el nombre de la primera madre

y la última nodriza.

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