Los sicarios cumplieron su promesa
de matar lo suficiente.
Cada crimen: rayón y cuenta nueva;
contravientos de acero a la advertencia.
El público inconsciente los alienta.
Los fantasmas beben vino
y en su delirium tremens balbucean.
Hoy ayunan los cacos,
tirados entre hediondos parduzcos
y comadres seniles
con un grano de pus en cada ceja alzada;
portando su desgracia sin ediles
con las manos quemadas, sangrentadas.
"Lo construido destruyo,
lo plantado lo arranco"
dijo Aquel que dio vida:
"Cruel castigo al malvado",
Justicia divina burda,
patética, manoseada.
El ahorcado se acerca
con la soga en el cuello
con el alma en pedazos,
brutalmente enlodada.
Es un mal consejero el fanatismo.
El crimen es su espejo.
Siempre más de lo mismo.
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