La mujer de agua
lleva un velo opaco
ante los ojos del perseguidor,
que la añora.
Ella lo trae de la nariz,
hacia el alto de un puente
o a la proa del Titanic.
Abre los brazos y se desvanece
para entregarse en la incierta frontera.
Cada gesto es una danza.
Una metáfora del deseo.
Un relámpago avizora el crimen
y frena al rayo.
Para el amante,
ella tiene cuerpo
en el estertóreo,
tremebundo grito orgiástico
que resuena y le devuelve
la perdida fe,
antes del advenimiento.
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