Es hora de rezar.
Cayó la noche.
Tu vientre agujereado lo deseaba,
el ojo alerta lo esquiva...
pero en la calle cae
una lluvia pequeña y monótona,
y las veredas rotas
se sientan ante la mesa de chapa
a reclamar su plato de comida.
¡Plegaria! ¡No nos abandones!
¡Cómo si fuera yo el idiota
que cuenta el macbethiano relato
de una vida mísera!
La copa se llena de tormenta.
Tiembla un rayo en la acera infame.
Un orquestado desierto
invade la casa mientras pululan
sombras de agujas y tapires.
El agua de las nubes es el llanto
del hombre ciego.
Parejito. Parejito.
-¿Llueves? ¿Para qué?
-Lo ignoro.
Baile de gusanos y caracoles
en Diciembre.
Pesebre, truenos,
gordinflones en pesadillas,
pinos enanos
que ya no volverán
a sentir la nieve en su espalda.
Es hora de rezar, carancho.
Es hora de acomodar
la pálida estrofa
en la inclemente poesía
de otra Navidad que se acerca
y te encuentra pobre y solo,
húmedo y profundo,
a la deriva de tu invierno.
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