lunes, 28 de marzo de 2011

Carancho o Es hora de rezar.

Es hora de rezar.

Cayó la noche.

Tu vientre agujereado lo deseaba,

el ojo alerta lo esquiva...

pero en la calle cae

una lluvia pequeña y monótona,

y las veredas rotas

se sientan ante la mesa de chapa

a reclamar su plato de comida.



¡Plegaria! ¡No nos abandones!

¡Cómo si fuera yo el idiota

que cuenta el macbethiano relato

de una vida mísera!

La copa se llena de tormenta.

Tiembla un rayo en la acera infame.

Un orquestado desierto

invade la casa mientras pululan

sombras de agujas y tapires.



El agua de las nubes es el llanto

del hombre ciego.

Parejito. Parejito.

-¿Llueves? ¿Para qué?

-Lo ignoro.



Baile de gusanos y caracoles

en Diciembre.

Pesebre, truenos,

gordinflones en pesadillas,

pinos enanos

que ya no volverán

a sentir la nieve en su espalda.



Es hora de rezar, carancho.

Es hora de acomodar

la pálida estrofa

en la inclemente poesía

de otra Navidad que se acerca

y te encuentra pobre y solo,

húmedo y profundo,

a la deriva de tu invierno.


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