Poemario
Cada vez que me atrevo a un poemario
con la vana ilusión de conmoverte,
vuelve el cielo a pintar lluvia de otoño
y dan la bienvenida los cardenales mudos,
cuyos nombres han vuelto de las sombras
para calmar la sed de los ahogados,
pidiéndome silencio con asidua terquedad
de sobrevivientes que purgan el horizonte,
al filo de otro césped, y no escribo.
Cada vez que me pierdo en los instintos
y bajo guardia y entro en pánico,
por no saber qué pueda yo agregar a la poesía,
con versos que padecen su sangría,
de estar antes redichos, sospechados,
mirándome a un espejo disponible,
aparece Sansón y me demanda,
como a una Dalilah acostumbrada
a cortarle el cabello a los guerreros.
Ha sido este mi modo de adorarte,
pequeña y grave luz que me enceguece
con brillos de noctámbulos insomnios.
No hay abusos mayores que tus cruces
que instigan al herido de combate,
y gravan con su vaporoso roce
a juntar una letra con la otra,
rezando en el rosario de oraciones
con sus lenguas filosas y sus cisnes de seda.
Cada vez que me atrevo a un poemario
con la vana ilusión de conmoverte,
vuelve el cielo a pintar lluvia de otoño
y dan la bienvenida los cardenales mudos,
cuyos nombres han vuelto de las sombras
para calmar la sed de los ahogados,
pidiéndome silencio con asidua terquedad
de sobrevivientes que purgan el horizonte,
al filo de otro césped, y no escribo.
Cada vez que me pierdo en los instintos
y bajo guardia y entro en pánico,
por no saber qué pueda yo agregar a la poesía,
con versos que padecen su sangría,
de estar antes redichos, sospechados,
mirándome a un espejo disponible,
aparece Sansón y me demanda,
como a una Dalilah acostumbrada
a cortarle el cabello a los guerreros.
Ha sido este mi modo de adorarte,
pequeña y grave luz que me enceguece
con brillos de noctámbulos insomnios.
No hay abusos mayores que tus cruces
que instigan al herido de combate,
y gravan con su vaporoso roce
a juntar una letra con la otra,
rezando en el rosario de oraciones
con sus lenguas filosas y sus cisnes de seda.
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