Aunque no leas
Te escribo aunque no leas estas líneas
porque debo decirte algunas cosas.
El tiempo no alcanzó para reproches
muy justos de tu parte:
Fui ingrata,
un pato del montón,
tal vez, un poco infiel de pensamiento,
una egoísta.
Pero,
quiero contarte y que lo sepas:
Hoy regué las macetas del balcón,
acomodé la ropa al volver de la oficina
y saqué la bolsita de basura
en donde tiré, por costumbre,
el papel que cuelgo con imanes,
que reza como un mantra:
“Al fin, volviste”,
seguido por el nombre que te puse
en la intimidad de nuestro dormitorio.
Mañana, volveré a pegar otro en la heladera,
por si llegás antes que yo.
Querido mío,
no he cambiado las llaves de la entrada.
Date prisa, por Dios,
y que así sea.
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