sábado, 16 de julio de 2011

Canción de la palabras.

Las palabras son

como agüita de nieve,

desleídas y breves.

Las palabras que huyen,

diezmando los desiertos

del valle de los muertos,

son faldas de mujer

con sus medias de seda,

caprichos en la greda,

consuelos del placer;

elipsis de los gestos

del mundo manifiesto,

tablones, estaciones;

las palabras dormidas

nos sanan las heridas.

Luego dicen que son

banderas del destierro,

cantar del Martín Fierro,

los signos y las cruces,

motivos, taquicardias

del ángel de la guarda;

mentiras acuñadas,

asaltos, sinrazones,

desmanes de pasiones.

Hay palabras de alarma.

Palomas en guitarras:

las palabras canciones.

Apenas si suspiran,

susurran, se estremecen,

como niñas pequeñas,

o embisten, palidecen

los peces del estanque,

trigales como flechas

mecidas entre guantes.

Se guardan opiniones,

lenguaje de las señas,

anunciando cigüeñas

adolecen razones

como negra tormenta

violenta, muy violenta.

Inventan brusquedades,

ñoñerías, causales,

resucitan edades,

y sobre todo, cuentan

de briznas y abalorios

del vago Purgatorio,

igual que las verdades

que hostigan vanidades;

embriagan los colchones,

asustan corazones,

incordian los conventos

de brujos de descuento,

la barca de Caronte,

el fuego de Anacreonte,

manías del invierno;

incienso del Infierno.

Las palabras escritas,

pañales de bolsillo,

son cerillas lejanas,

cabañas, espejismos,

y mientras mansamente,

palabras son palabras,

enrojecen la mente

del juego de uno mismo.

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