sábado, 23 de julio de 2011

Cuando te sentís solo

Cuando te sentís solo
no hay consuelo alguno.

Escuchás música y eso te pone peor.
Tus amigos están jodiendo
con mujeres hermosas
y vos no tenés otra compañía
que tu soledad despiadada.

Acaso pensaste en ella
y el cigarro se transformó en leño ardiente.
Recordar no es vivir.
Es un sinvivir que te agota
por terquedad,
y no hay libro ni programa
que pueda quitarte la amargura

Viejo, tu tiempo pasó.
No seas cobarde
y dejá de hacer el pendejo idealista

Anoche te vi en un concierto de rock.
Llevabas las marcas de tu histeria
en el calzoncillo
(como un adolescente
que muestra su ropa interior
porque todavía no se construyó uno
de verdad)

Al día siguiente,
volviendo laburo calmabas tu ansiedad
de noches muertas.
Cambiaste de adicción.
No dejaste las drogas:
las drogas te dejaron a vos,
te escupieron la miserabilidad
del paso de los años,
tu fragilidad ya no puede aguantar
una raya más,
al mejor postor.

Ahora tenés mucho
mucho dinero,
legalmente ganado.
Te llaman por teléfono
todos los días
chicas que harían mover la tierra
a un pibe con la mitad de tus años,
con abruptas curvas de gimnasio
y hoteles de alojamiento
transitorio
Tan transitorios como la vida misma.

La historia se repite:
cuando eras así de joven
te gustaba acostarte
con las minitas que le sacaban
a los viejos poderosos
babas, suspiros y los lujos
que vos soñabas.
“Una vida digna” querías
y al fin la tenés ahí,
al alcance de la mano,
como en las películas pornográficas
que veías a solas,
cada vez que la angustia
te deja secaba la garganta.

Adicto al trabajo y a las mentiras
manoseadas,
nunca reflexionaste seriamente:
No estás solo.
Somos solos.
No tenemos cuerda que nos ate a la yunta.
¿Cómo te bancarás el infierno
si no podés con este cielo real,
con este sol que dora el corazón
de los que pueden verlo?

Lo malo de la felicidad
es que la gente como vos
nunca se da cuenta de que la tiene
y añora las pasadas hipocresías,
pecaminosas hipocresías,
fraudulentas y mercenarias hipocresías.

Te estaba diciendo:
Recordar no es vivir.
Es un desvivir que se agota
en mezquindad
y no hay libro ni programa
que pueda quitarte la amargura.

Aunque, ¿vos pensás realmente que estás solo?
¿o no es más que otra mueca
de un capuchón blando,
de un cerebro quemado
que justifica sus fracaso
y sufre de alergias cansadas,
echándole la culpa a la humedad
insoportable
de estos Buenos y malos Aires?








En el blog Dolor de garganta




Cuando te sentís solo
no hay consuelo alguno.
Escuchás música y eso te pone peor.
Tus amigos están jodiendo
con mujeres hermosas
y vos no tenés otra compañía
que tu soledad despiadada.
Acaso pensaste en ella
y el cigarro se transformó en leño ardiente.
Recordar no es vivir.
Es un sinvivir que te agota
por terquedad,
y no hay libro ni programa
que pueda quitarte la amargura
Viejo, tu tiempo pasó.
No seas cobarde
y dejá de hacer el pendejo idealista
Anoche te vi en un concierto de rock.
Llevabas las marcas de tu histeria
en el calzoncillo
(como un adolescente
que muestra su ropa interior
porque todavía no se construyó 
uno de verdad)
Al día siguiente,
volviendo al  laburo
colmabas tu ansiedad de noches muertas.
Cambiaste de adicción.
No dejaste las drogas:
las drogas te dejaron a vos,
te escupieron la miserabilidad
del paso de los años,
tu fragilidad ya no puede aguantar
una raya más,
al mejor postor.
Ahora tenés mucho
mucho dinero,
legalmente ganado.
Te llaman por teléfono
todos los días
chicas que harían mover la tierra
a un pibe con la mitad de tus años,
bellas hembras con
abruptas curvas de gimnasio
y hoteles de alojamiento
transitorio
Tan transitorios como la vida misma.
La historia se repite:
cuando eras así de joven
te gustaba acostarte
con las minitas que le sacaban
a los viejos poderosos
babas, suspiros y  lujos
que vos soñabas.
“Una vida digna” querías
y al fin la tenés ahí,
al alcance de la mano,
como en las películas pornográficas
que veías a solas,
cada vez que la angustia
te deja secaba la garganta.
Adicto al trabajo y a las mentiras
manoseadas,
nunca reflexionaste seriamente:
No estás solo.
Somos solos.
No tenemos cuerda que nos ate a la yunta.
¿Cómo te bancarás el infierno
si no podés con este cielo real,
con este sol que dora el corazón
de los que pueden verlo?
Lo malo de la felicidad
es que la gente como vos
nunca se da cuenta de que la tiene
y añora las pasadas hipocresías,
pecaminosas hipocresías,
fraudulentas y mercenarias hipocresías.
Te estaba diciendo:
Recordar no es vivir.
Es un desvivir que se agota
en mezquindad
y no hay libro ni programa
que pueda quitarte la amargura.
Aunque, ¿vos pensás realmente que estás solo?,
¿o no es más que otra mueca
de un capuchón blando,
de un cerebro quemado
que justifica sus fracaso
y sufre de alergias cansadas,
echándole la culpa a la humedad
insoportable
de estos Buenos y malos Aires?


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