domingo, 31 de mayo de 2015

La noche de los tiempos









LA NOCHE DE LOS TIEMPOS.







Llegó la noche de los tiempos.

Comenzó la cuenta regresiva.

Es hora de rezar y hacerse cruces.

El vientre acribillado lo desea,

el ojo alerta esquiva la mirada,

... pero en la calle cae

como un rocío,

una lluvia monótona y pequeña

y, en las veredas astrosas,

los búhos

rondan la sobremesa postergada,

sin haber recibido su plato de comida.




No me abandones, amante.

Cual si fueras el idiota parroquiano del bar

que se inventa el relato dionisíaco

de una vida cicatera,

roñosa, espeluznante,

socórreme del tedio de los lunes.

La copa se ha atestado de borrascas.




Abate un rayo la acera que blasfema.

Un orquestado ejército de sombras

invade la cama virgen con horror

cuando duerme la ebriedad de los tapires.

Baile de la caracola y el gusano,

en el mes de diciembre del 2001.




El agua de las nubes es el llanto

del mono que no aprende ni escarmienta.

Pesebres, truenos, lamparillas,

negocios vanamente decorados,

muñecos gordinflones

con vagas inquietudes futboleras,

pinos enanos y cacerolas de aluminio

que nunca volverán a percibir

el peso de la ceniza en su espalda.




Se compra con monedas fariseas,

una ardua devoción con rodillas maltratadas.

Se acomodan las pálidas estrofas,

sin ganas de gozar,

como asexuados presidiarios,

en la reacia falta de poesía

de otra Navidad que se acerca

y nos encuentra solos y mudados,

siete años después de la esperanza.










(año 2008)







La noche de los tiempos






Llegó la noche de los tiempos.


Comenzó la cuenta regresiva.


Es hora de rezar y hacerse cruces.


El vientre acribillado lo desea,


el ojo alerta esquiva la mirada,


… pero en la calle cae


como un rocío,


una lluvia monótona y pequeña


y, en las veredas astrosas,


los búhos


rondan la sobremesa postergada,


sin haber recibido su plato de comida.






No me abandones, amante.


Cual si fueras el idiota parroquiano del bar


que se inventa el relato dionisiaco


de una vida cicatera,


roñosa, espeluznante,


socórreme del tedio de los lunes.


La copa se ha atestado de borrascas.






Abate un rayo la acera que blasfema.


Un orquestado ejército de sombras


invade la cama virgen con horror


cuando duerme la ebriedad de los tapires.


Baile de la caracola y el gusano,


en el mes de diciembre del 2001.






El agua de las nubes es el llanto


del mono que no aprende ni escarmienta.


Pesebres, truenos, lamparillas,


negocios vanamente decorados,


muñecos gordinflones


con vagas inquietudes futboleras,


pinos enanos y cacerolas de aluminio


que nunca volverán a percibir


el peso de la ceniza en su espalda.






Se compra con monedas fariseas,


una ardua devoción con rodillas maltratadas.


Se acomodan las pálidas estrofas,


sin ganas de gozar,


como asexuados presidiarios,


en la implacable falta de poesía


de otra Navidad que se acerca


y nos encuentra solos y mudos,


siete años después de la esperanza.

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