VALLEJIANA
Un ciego que ha perdido el autobús
se queja del calor en pleno invierno
de su traje azul furioso,
se reúne con sordos
contra una fidelísima posada secular
y no acierta el camino del pájaro espasmódico.
Si lo ves preguntarse hacia qué punto
se dirigen las ratas de la ciencia,
paupérrima de ideas florecientes,
te olvidas de su
nombre
y el amor no está aquí
para converger su fisura vacante de estadísticas.
Quizá, si desnudara
la condición de fuerza virgen
de su serpiente interna y perfumada
con huellas subvertidas en el vino
su angustiosa materia,
su hedionda tentativa de visión inconsolable
sería un individuo hecho de carne
y mirada eficaz.
Y de tanto feliz significado fuera
tal vez, un hombre.
Tal vez, santo.
¿Dónde irá a parar el orden de la cifra que apenas contemplamos?
¿En qué recinto gris de lo salvaje radica la ganancia su promesa?
¿Habrá un turbio disturbio en el secreto?
O es la luz el emblema inhabitado
dolorosamente,
desgarradoramente inhabitado,
por el sujeto cavernario y su jeroglífico,
encogido brutalmente
por la nota vibratoria
en las negras gargantas de la muerte.
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