Cuando creí conocer tus secretos,
desenvainé los lustres de mi espada
y caí presurosa, apresurada
en la trampa mortal de tus decretos.
Mas, quiso el sino , milagros concretos,
dispensar venganza a la enamorada.
Harto por soledad en tu morada,
tejió telarañas en vericuetos.
Porque los que se niegan al amor
viven la eternidad como un ahora,
acogotan las notas del dolor,
son novios fieles de las naderías
que el asesino de pasión demora
en aprisionar mieles de los días.
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